martes, 30 de abril de 2013

Espectador









Espectador







      A la mañana siguiente de la fiesta en  la casa de  Glem; supe inmediatamente que ya ningún acontecimiento podría ser relevante. La floración del jardín me pareció absurda y trivial. No tuve tiempo, o no me importó saludar a la señora Mabel, que desde la diminuta medianera que separa nuestras casas me deseaba buen día. El portón chirrió como siempre, y yo estaba ahí para escucharlo. La calle era como un colchón duro donde seguir semidormido por el adoquinado, hasta llegar al trabajo de manera imperturbable como cualquier otro día de semana.

        En la fiesta de la velada anterior, preso de un nuevo biorritmo, y del vodka; del rocío y las demás lubricaciones de la noche, yo me escurría entre las conversaciones banales del jardín. Noté que a algunos invitados ya les comenzaba a causar repugnancia mi manera de beber. Era en verdad extraño que me hayan invitado; seguramente fue cosa de Glem, ya que a Austin le causo una suerte de alergia que lo obliga a rascarse los codos cada vez que me ve. Él es adjunto en la escribanía de su padre; conoció a Glem durante unas vacaciones en el Cuzco y desde entonces entablaron una relación. Aprovecharon aquella celebración para anunciar su compromiso. Lo hizo Austin; tenía una camisa arremangada de color gris sudada en las axilas, una corbata azul que llevaba  floja y le pendía malamente del cuello; en una de sus manos pendulaba una copa de champaña. Sus padres y su hermana Francesca, aplaudieron la noticia con alguna emoción. ¿Qué cómo recuerdo todo eso? Es que no había comenzado a emborracharme todavía.



          Ahora que lo pienso las cosas no pudieron haber terminado de otro modo. Desde la muerte de don Silvio, Glem comenzó un cambio notorio en su comportamiento, en sus voluntades, acciones e inacciones. Por ejemplo, durante toda la fiesta pareció triste; admito que lo del padre es reciente, pero además había un dejo de secreta melancolía en su rostro. En cuanto al precipitado final de su padre, yo mismo pude prever las concatenaciones, el fatal  desenlace; hasta pude haber hecho algo. El viejo estuvo triste. No era como la tristeza de Glem en su fiesta, era otro tipo de pena, un cansancio, una depresión irremediable y fulminante. Porque echaba mucho de menos a su mujer, porque lo habían pasado a retiro hacía poco de su profesión de inspector municipal;  porque  Glem ya no lo visitaba desde que comenzó su noviazgo con Austin. Todo eso me contó un día que fui a su casa, mientras bebíamos café.  Esa misma semana el padre de Glem se tiró al Río de la Plata. No se ahogó, se rompió la cabeza contra el espigón. Murió en el acto.  Debí contarle a su hija que don Silvio andaba de mal aspecto.

         Recuerdo cuando don Silvio le regaló un conejito blanco a su hija al cumplir los  ocho años, y recuerdo sobre todo que aquella misma tarde lo arrolló con la cortadora de césped mientras desmalezaba el patio antes de que lleguen los invitados. Por aquel entonces yo sentía fascinación por las extensiones eléctricas, los alargues precarios reparados apenas con cinta aisladora que hacían el trayecto del tomacorriente de la cocina al patio de la casa.

     A los cumpleaños me gustaba llegar antes que nadie y aquella tarde no fue la excepción. Glem nunca me hablaba, siempre quien se preocupaba en invitarme a la casa era la madre;  que tenía buenas migas con mis tutores.  Esa tarde mientras Glem esperaba sentada en la sala la llegada de los demás invitados,  yo recorría con la mirada el cable de la podadora que iba liquidando con el pasto en los rincones traseros de la casa; tuve la impresión de ver al conejo saltando entre los pastizales y estuve a punto de darle aviso a don Silvio pero no lo hice. Glem apareció tras de mí con un vaso de jugo de naranja; me lo ofreció y me preguntó si había visto un conejo salir de la casa. Es blanco, dijo. Era la primera vez que me hablaba. No contesté, ni agradecí el refresco. Entonces el papá de Glem pegó un grito, se escuchó las cuchillas trabarse y  un chorro de sangre  salpicó la pared con una estela oscura.  A pesar de lo grotesco de la situación, ese día me gustó pensar que entre ella y yo habíamos entablado un vínculo.



        En la fiesta de anoche, la hermana de Austin llevaba puesto un vestido negro muy entallado y de falda corta. Sus piernas eran largas y firmes; se movía por las salas estacionándose de vez en vez bajo las luces tenues. Parecía una erótica entidad de las sombras. Aún con los pómulos exacerbados, con la mirada autómata; esa joven trashumaba un aire de misterio y sensualidad, que con el correr de los vodkas en mí, se fue perdiendo en un vago sentimiento ambiguo de soledad y miseria. Francesca, veintitantos años; a Austin le gustaba besarla en la mejilla cuando la encontraba en algún paraje solitario. Sentí como en muchas otras ocasiones, que comenzaba a desdibujarme de la fiesta a medida que mi borrachera cobraba mayor fuerza. Glem conversaba con algunos invitados en el living y yo salí una vez más al patio a tomar aire. El pasto estaba descuidado y largo como cuando pasó lo del conejo, miré hacia el caminito que llevaba a la cocina y me imaginé a mí mismo muchos años antes siguiendo con la mirada un alargue de cables hasta la cortadora de pasto. Ni Austin, ni Francesca advirtieron mi presencia. Salieron al patio; él tomado de la cintura de ella; ella reía por alguna cosa que su hermano le decía al oído. Se besaron contra una de las paredes laterales donde muchos años antes una estela negra de sangre dibujó un arco. Ella abría la boca como un pez sin agua; el parecía estar desgarrándole la espalda con los dedos. Aquello no duró mucho más de un minuto. Lo próximo que recuerdo es a Glem trayéndome algunos canapés, diciéndome que no le gustaba verme beber de esa manera. No le contesté, ni le agradecí la comida. Se quedó un rato a mi lado en silencio mientras yo miraba el bocadillo que tenía en mi mano y del cual no tenía ninguna intención de llevarme a la boca. No te cases, le dije. Yo te amo Glem, desde siempre. Estás loco, dijo. Loco o borracho. Le ofrecí un cigarrillo pero no lo aceptó, estoy embarazada dijo. Así fue que comprendí de manera súbita que yo estaba ahí para eso; para ver la vida de Glem transcurrir, sin poder intervenir en lo más mínimo; que siempre fue de ese modo y que era inútil revelarse. Le corrí un mechón de pelo que le caía desde la frente y me despedí de ella, sabiendo que no volvería a esa casa ni seguiría viéndola; que alcanzaría y quizá fuera mejor para ambos, con imaginarlo todo.

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