miércoles, 10 de abril de 2013

7 Balas









7 balas









     Sabe lo exacto, no le gusta perder el tiempo. No se mezcla con “Roedores ni canarios”, así los llama; unos juegan al chiquitaje, minoristas, rateros. Otros terminan entre rejas fácilmente y cantan, son batidores, buchones les dicen ahora. Piensa el Matón Brensen que está para asuntos más complejos aunque no menos miserables, como matar a un tipo.

         La Cruz del Sur fue un regalo del viejo. Nunca lo conoció, todo lo que supo de su  padre fue su arma y su apellido. Antes de morir le dejó el legado; seguramente se gastó toda la guita  en mujeres y licor, así que al menos le dejaba a su hijo la pistola; mientras el pequeño Brensen iba creciendo, algunos de los muchachos se la guardaría. Por un tiempo la pistola estuvo en Barracas; la cuidaba un negro filetero que también tocaba la trompeta en los clubes del barrio. Después la mandaron por un tiempo a la Patagonia a limpiarse un poco.

   La Cruz del Sur es inconfundible. Una Colt 45 de acero inoxidable que siempre da la impresión de estar recién pulida. Las cachas blancas dibujadas de ambos lados con una estrella negra en forma de cruz. Como es de calibre grueso tiene tan sòlo siete disparos, por lo mismo también es ruidosa y pesada. Brensen es muy clásico; la lleva en una cartuchera de cuero bajo la axila izquierda. Usa sacos oscuros cuando labura, y colores claros cuando está de franco; ocasiones en que deja su arma en el bulín y se limita a un calibre corto que oculta convenientemente en alguna de sus pantorrillas.


        Esa tarde manejó como un condenado por más de treinta kilómetros perseguido por la banda de don Julio. Siempre andan en Peugeots grandes con vidrios negros, lo sabe porque trabajó para él en un par de ocasiones. Brensen los vio acercarse a la altura del peaje del Camino del Buen aire y no dudó en acelerar para perderlos. Salió de la autopista y se metió por una calzada de tierra a riesgo de desbarrancar hacia los zanjones laterales. “Dos autos” pensó; calculó ocho tipos. La mitad con armas largas. El Matón contaba con su pistola de siete balas sin más cargadores que el que tenía puesto; y aunque la Cruz del Sur podría atravesar tranquilamente a dos hombres con el mismo disparo, las probabilidades de conseguirlo desde el auto y sin ser acribillado eran muy remotas. No era temor (hacía mucho tiempo el Matón había dejado de lado ciertas emociones, el miedo una de ellas), era un principio básico de supervivencia. Estaba decidido a dejarlos atrás al llegar al empedrado, cuando comenzaron a dispararle al vidrio trasero. Pudo sacarles un poco más de distancia, pero en una mala maniobra el auto del Matón quedó atascado en una curva. Estaba oscureciendo. A su alrededor se veían algunos bañados; se escuchaban los últimos pájaros de la tarde. Brensen apostado en un pajonal veía como llegaban los coches y se bajaban hombres armados a inspeccionar su automóvil. Los tenía a tiro. La visibilidad todavía era buena. La Cruz del Sur brilló con las últimas luces del ocaso; lo demás fueron siete estallidos ensordecedores que terminaron con la vida de ocho sujetos. La crónica policial esa misma noche hablará de un ajuste de cuentas fallido que termina en masacre. Pondrán un titular irónico como “Desajuste de cuentas” hablarán de una frialdad y celeridad propia de un profesional. Sobrevendrán las pericias, las especulaciones, los nexos; mientras perdure el interés público. Las estadísticas criminales pasarán a engrosar los archivos oficiales, hasta que nuevos asesinatos más o menos espectaculares vuelvan a ser noticia.   


     Brensen ahora está en su departamento, frente al espejo de la sala en camiseta. Todavía lleva la cartuchera puesta; se huele los sobacos y se echa desodorante. Se palmea la panza y se mira las entradas, las canas incipientes, finalmente las ojeras. Piensa que se está poniendo viejo; pero no está mal tampoco llegar a los cuarenta y en una sola pieza. Se hace un gesto de aprobación y busca los puchos del saco tirado sobre la mesa. Prende la televisión -Uno de esos televisores antiguos en los que se gira la misma perilla para encenderlo e ir cambiando los canales- la señal es defectuosa. Al cabo de golpear un poco a los lados con sus manos para que se acomode la imagen,  el Matón  se sienta en el sillón verde a fumar y mirar en las noticias como la calle se pone cada vez más violenta, hasta quedarse dormido. 



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