jueves, 13 de septiembre de 2012

Jazz de los espejos





 
Jazz de los espejos

“Esto ya lo he tocado mañana”
(El perseguidor)


Las flores y los espejos. Tan lindas son las flores... pero los espejos son horribles, ¿cómo pueden existir en el mismo mundo sin estorbarse? Es-pe-jo, objeto tan definido por todos; pero yo no veo al espejo, me veo a mi misma. Nunca al espejo en sí; sólo a mis ojos llenos de lágrimas. Por eso los rompo, los hago pedazos. En cambio las flores me escuchan cuando les hablo; acá no hay muchas aunque a veces el 108 me consigue alguna y la llevo conmigo todo el tiempo. Incluso cuando voy al patio a escuchar al músico que les gusta a mis flores. Tengo que tener cuidado porque siempre hay alguno que me la roba y la pisotea hasta que mi flor se muere, (porque en el mundo hay gente dañina), ¿pueden creerlo?, gente maligna en el mundo. Nunca me lo habían dicho, ni las flores, ni los espejos que hasta me dicen que estoy loca. Por eso los odio...
por eso cuando escribí los veinte coros de “soul burning”, los muchachos dijeron “oh Richie, te has pasado hombre”, entonces los miré y dije “escuchen: si no les pasa nada váyanse a otra parte” y pensaba en que Charlie Parker decía que a veces lograba que cada oyente sintiera lo mismo que él. Porque el jazz es un arte sin cadáveres viviseccionados; es la música para la inmortalidad de los sentimientos.
En aquellos tiempos yo era: “El extraordinario Richie Cold”; cuando se iluminaba el escenario y se oscurecía la platea todo era jazz, equilibrio, juego de reconocimiento y asombro, música para la anatomía de lo invisible y yo tocaba “Una borrachera perfecta”. La base era esencialmente el bebop de los cincuenta -¡válgame el cielo qué noches aquellas!- acá a veces me dejan tocar mi saxofón. Eso si estoy tranquilo, y salgo al patio donde es otra vez improvisación. Se me acerca el 108 que es sordomudo y la mujer de las flores,
el 217 está empecinado en recobrar su saxofón. Se lo tuvimos que quitar porque alteraba a todo el pabellón con sus sonidos irritantes. Es una pena, es tan cordial cuando habla de sus años de músico; pero es como la 122 que parece tan tranquila y después zás, rompiendo todos los espejos del baño de enfermeros. El 217 tiene un “no sé qué”, como la vez que le dimos la primer descarga y en sus ojos todo fue intemporal. Luego tarareaba algún tipo de música y vuelta “enfermero quiero mi saxofón” así hasta que le di los calmantes y se durmió. Me pregunto dónde irán las flores en invierno. Seguro que se van del otro lado del planeta donde el clima es otro. Sería lindo ir de un lado al otro del planeta persiguiendo las flores; una vez soñé que entraba en un jardín por una ventana que estaba suspendida en el aire y había tantas flores como estrellas en el firmamento, y había un hombre desnudo que se ocultaba tras ellas. Me sentía feliz, como el otro día que escuché al músico en el patio soplando sus melodías. Sentí que de sus cachetes se liberaban violetas y lilas, amapolas y crisantemos que nos cubrían a todos, como pompas de jabón y pensaba “si mi saxofón me llevara al corazón de los hombres” o pensaba en New Orleans Jazz, el comienzo de todo. Louis Armstrong, la Eureka jazz Band que petrifica el alma con sus trompetas, trombón, clarinete al frente. Pero el que más amo es el bebop: estructuras inestables, modulaciones mínimas. Charlie Parker, Dizzy Gillespie, el sax de Lester Young en que sus temas se extienden, estiran o comprimen con el sentido propio del beat o swing de su corazón. Como mi noche en el T-Bone donde toqué como los mil demonios. Sin ética ni estética, solo jazz. El primer tema fue uno que compuse estando muy ebrio; se llamaba “Tenía que hacer algo, pero no recuerdo qué” Abordé aquel primer tema -la platea expectante- suelto un chorro de notas descendentes y se demora en riff gaseoso. En el segundo coro el saxo toma grosor, como ballena furiosa. En el tercero la expresión se vuelve pesada y contradictoria, los muchachos no dejaban de mirarme como lo hacen siempre que están atónitos. En el cuarto coro crece la velocidad y la elocuencia hasta que sobreviene una pausa, éramos tres pero al 217 parecía no importarle; se sacudía y gritaba no sé qué del jazz y del tiempo. Llegó a tirarnos al suelo hasta que vinieron otros tres enfermeros con Collins que ya lo traía entre ojos. Pobre, fue una lástima ver cómo lo golpeaban y después entre balbuceos lo llevaron a la sala B para los shocks; y la 122 lo miraba con esa forma de mirar que tienen los locos, sin entender nunca nada. Luego el 217 dejó de preguntar por un tiempo por su saxofón, Collins se ponía a jugar con él, haciendo ruidos horribles para que los otros enfermeros riesen y luego abandonarlo entre los demás cacharros de la sala B y ya no sé que pensar, su nombre es Richard. Me lo dijo el otro día cuando le regalé uno de mis lirios y ahora no sé qué pensar de los espejos. Él me hizo verlos distinto. Cuando le conté lo que me pasa con los espejos él me habló del jazz y estábamos diciendo lo mismo. Así que me dijo que llevara mis flores y lo acompañase, y fuimos... se robó los dos espejos del vestuario de preceptores y los puso enfrentados. Me dijo que me pusiera en medio y mientras yo temblaba comenzó a hacer su música, que era como el llamado que deben hacer las ballenas cuando están solas. Entonces ya no me veía a mi misma en los espejos, sino que podía ver como mis flores se multiplicaban hasta el infinito. El 217 ya no salió al patio a tocar su música; más de un interno lo hecha de menos y me preguntan por él. Se me viene a la mente cuando lo encontramos con los espejos robados, haciendo esa música que tanto le gusta y por tercera vez lo llevaron a la sala B. Hasta que finalmente parecería que sé olvidó de su saxofón. Aunque la 122 le habla y le lleva flores, es como si viviera en otro espacio-tiempo. Le doy las pastillas rojas para que se mantenga sedado y no se queje tanto por su cabeza. Le llevo su saxofón o a veces se lo lleva Collins y le toca alguna mala nota en la cara. Pero al 217, al extraordinario Richie Cold parece no importarle, porque ninguna pieza dura siempre lo mismo; improvisar es componer espontáneamente -como lo hice con los espejos-. La improvisación se apoya en una variedad de elementos temporales; ésta incluye el tiempo de la memoria y se hace cargo del inconsciente que es intemporal. Recuerdos de mis noches en el T-Bone, ¡qué emocionados estaban los muchachos con mis tiempos!. Como decía Ellington: “Quisiera que mis temas terminaran como si fueran a seguir”.

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