jueves, 9 de agosto de 2012

Ismaginario




Ismaginario


      No podría llover más fuerte esta noche. El timbre sonando y por la mirilla, con presbicia, puedo ver por el borroso túnel óptico que desemboca en una imágen pequeña y distorsionada, alguien que definitivamente se parece a Isma; al recuerdo que tenemos de él, con su maletín de cuero marrón en la mano. Vale sentado en mitad de la escalera  preguntando quién es. Valentino andá a la cama que es tarde le dice Lorena, quien dicho sea de paso me aprieta la mano muy fuerte, como cuando éramos novios y se asustaba en el cine, aunque a mí me parece que está exagerando. Nada malo puede venir de Isma. Es otra cosa. Como una simbología oscura, una brecha de algo que se abre para siempre, con la contundencia propia de lo imperturbable. De lo que no se puede cambiar. Aceptar los hechos. Es terrible -podría no serlo tanto- por eso supongo que la gente escribe relatos de ficción. Para retratar pasajes imaginarios sin volverse locos. Hay tiempo, mucho tiempo. Tanto como para contarles de Ismael antes de abrirle la puerta. 

       Lo primero que supimos de Isma fue su libro. Lo encontramos con Lorena durante nuestras primeras vacaciones juntos en una pequeña librería de Gesell. Ella lo tomó de una de esas pilas de ejemplares intrascendentes en oferta que valen cinco pesos, pero que cuestan mucho más, y leyó el titulo en voz alta “Fugacidad del aire” de un tal Ismael Medrano, y de liquidación, agregó. Yo dije algo vagamente irónico “liquidación por temporada” o algo así, nunca manejé bien las ironías. No sé si me escuchó, ella sólo dijo  “Me lo llevo” metiéndolo bajo su saquito celeste con clara intención de robarlo, de robar algo por primera vez en su vida, con la convicción de estar haciendo justicia; de rescatarlo de un simbolismo tan pobre. Lo leímos de un tirón esa misma tarde. La primera en leerlo fue Lorena, cuando me lo dio, me abrazó muy fuerte. Estaba llorando pero no emitía sonidos. Sólo como un tenue hipo espasmódico, me besó en la mejilla y después sonrió “nada” dijo. A mi en cambio me pasaron otras cosas; advertía por ejemplo que todos los párrafos del primer capítulo comenzaban con la letra P. que el protagonista de la historia era intrascendente, anónimo, translúcido. Sin embargo al final del libro uno siente que esa misma ausencia lo va haciendo entrañable. Nunca me habían maravillado esos detalles antes. No quiero mentir; no recuerdo bien si aquella tarde también lloré. Siempre recordamos aquellas vacaciones. De regreso y al poco tiempo nos fuimos a vivir juntos.

    Alquilábamos un departamento en Belgrano a unas cuadras de la estación. Llevábamos casi un año de novios y a mi se me venció el antiguo alquiler de un monoambiente en Saavedra. Sumado a que ella no quería estar un minuto más de su padre y me dijo de ir a vivir juntos. Aunque era muy pequeño nos gustaba el departamento. Era en un sexto piso y nos quedaba cerca del trabajo, además Valentino todavía no existía, así que nos arreglábamos bastante bien con los espacios. En ese tiempo Lorena era cajera en un supermercado y yo trabajaba en una redacción mientras cursaba el último año de periodismo. Entonces sucedió lo de la carta bajo la puerta. El portero por error deslizó hacia nuestro departamento la correspondencia del Sexto D.   “No vas a creer esto” dijo Lorena tapándose la sonrisa de la boca con la mano mientras me mostraba el nombre del destinatario.  “Ismael Medrano”, ¿será él? Se llama igual dijo. Contesté que Ismaeles Medranos deben haber muchos.


     Decidimos los dos llamar a su puerta para darle la carta. Es cierto que hubiese sido más fácil simplemente pasarla por debajo  y listo. Pero ambos sentíamos que mejor era golpear la puerta y saber.
    Salió un hombre de algo más de cuarenta años; llevaba unos lentes de marcos finos, estaba barbudo y despeinado, llevaba puesto un sobretodo gris. Tenía cara de confundido y cuando dijimos “Carta para Ismael Medrano”, con algo de esfuerzo en comprender la pregunta denotado en su cara, dijo que era él. Nos presentamos como sus vecinos del departamento de junto. Agradeció la encomienda y como presionando algún tipo de dolor de cabeza con la palma de su mano comenzó a cerrar la puerta. Labor interrumpida cuando Lorena dijo “Fugacidad del aire”, Lo leímos ¿es suyo?. El hombre nos miró seriamente ubicándonos quizá en alguno de sus casilleros personales. No es mío, dijo y estaba apunto de cerrar la puerta por completo pero volvió a abrirla.
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-        -Es decir, fue escrito hace mucho tiempo- agregó- alguien que ya no soy de ninguna manera; yo diría sin faltar a la verdad que ese libro fue  escrito por otro. Pasen un momento, estoy alimentando a un bichito y lo dejé en un cajón.
    
   Por alguna razón difícil de somatizar con precisión, algo que sucede entre la nuca y el alma, el puntapié de un ratón hecho de pelusas y de ventiscas. Así fue que entramos a su departamento, y nunca olvidaríamos aquella primera impresión; todas las cosas que vimos eran lisas o abstractas, de terminaciones simples. Los muebles, que eran pocos carecían de detalles. Eran blancos o grises en laminado plástico. El cuarto parecía más bien el consultorio de un psicopedagogo, que el departamento de un escritor. Lo más revolucionario de la sala perfectamente podía ser la cafetera. Todo lo que había sobre su escritorio era un block de hojas blancas y unos crayones para colorear. Abrió un cajón y sacó del mismo un erizo bebé que le cabía en la palma de la mano. Es un regalo para mi hija Mayra Antonella, dijo, mientras comenzó a alimentarlo con una pipeta. Ése mismo día nos lo dio para que lo cuidemos y no lo hicimos del todo bien porque se nos había perdido en la cocina; y se trataba de no ponerle nombre ya que eso era un privilegio de la hija de Isma. Lorena se tapaba la boca pero los nombres parecían estar saliéndole por los ojos. Era muy tibio ese animalito y nos divertimos mucho.
      También nos contó esa vez que a la niña la veía poco, que la niña ya no era tan niña, que nunca acertaba la edad. Siempre le daba unos años menos. Con el tiempo supimos que así era Isma. No podía darse cuenta de los órdenes lógicos. Después del doce viene el trece, después el catorce, su nena ya se había hecho toda una señorita, sin embargo le gustó el regalo; el erizo bebé con las serias instrucciones para su cuidado, nos habría contado en otra ocasión.


-          -Me gustaría resumirlo todo en tres palabras- dijo Isma aquella primera vez que hablamos- tengo la urgencia de la comprensión inmediata. Sin embargo, no cabe otra cosa que extenderme. Que apropiarme de una instancia en apariencia trivial. Usar palabras para retratar estos matices de mierda, estas dependencias donde tampoco estoy. Y todo este tiempo perdido en explicaciones, perfectamente podría resumirse en una frase “ Escribir es como tirarse por la ventana”.

-          -Pero tirarse por la ventana no es escribir- dije casi balbuceándolo. Él sonrió asintiendo con la cabeza y respondió:

-          -Quién sabe; la viceversa encaja muy bien. Escribir es escribir, es una semaforización, unas día positivas, cualquier acto que cometamos, que soñemos, que imaginemos.  Podría ir hasta la tienda de cotillón, comprar una de esas máscaras de Batman o Sadam Husein; quizá me beba dos o tres whiskys antes, ya que es una faena tan difícil de cumplir como cualquier otro intento poético  y tirarme por la ventana para darme la cara contra las tapas de todos los diarios; o al menos los diarios más sensacionalistas. Tendría decenas de mecanógrafos contando mi historia. Sólo por nombrar algún ejemplo. Yo ya no puedo escribir con palabras, por eso dibujo, por eso y por no arrojarme por la ventana con una máscara de Batman.

       Isma se reía como un chico a veces; sobre todo cuando decía cosas tan descabelladas y sublimes. Era un ser impredecible. Como si se pasara la vida evadiendo los lugares comunes. Por eso me entristeció  comprender que su inacción literaria radicaba en esa equivalencia, que Ismael Medrano no volvería a escribir otro libro, porque dada la precariedad de su existencia, sería algo así como lo más lógico del mundo. No se limitaba a la simple concatenación de hechos. Ni a la hipérbole multi-accionaria de los dispositivos cotidianos. No se dejaba convencer por el arte como alimento, ni devoraba libros con fruición “preferiría unas brochetas de cordero” le gustaba decir. Sin dudas Fugacidad del aire es uno de los libros más maravillosos que hemos leído con Lorena. Pero él seguía hablando, sin hacer una directa referencia al mismo.


-          -El oxígeno que respiramos pronto no va a estar. Es decir, el aire seguirá existiendo muy probablemente,  sin nosotros, pero no sería el mismo aire si no lo respiramos. Cambiaría su esencia. Cada pequeña muerte, cada combustión orgánica le cambia la esencia al mundo. En algún punto tendemos culturalmente a pensar, a socavar reflexivos en la eternidad como el lugar donde nunca se respira. Donde el aire no se necesita.

-          -¿Y por qué escribió ese libro?- pregunté de pronto impedido de no hacerlo.

-          -En ciertos días de los años noventa… -respondía Ismael, deteniéndose a reflexionar un segundo- … en ciertas noches, perdón, después de las doce claro; frente a un espejo imposible de mirar, con tres velas encendidas sobre la mesa y la actitud de plegaria como de mil demonios arrepentidos; cuando el viento silbaba su milonga triste y los perros aullaban a los muertos… mediante una vieja máquina de escribir que cambié años después, mano a mano, por esa cafetera que están viendo; yo Ismael Medrano (el bosquejo que les habla), tenía la ilusión de ir convirtiéndome lentamente en lo que debería haber sido. Como si de alguna forma se estuviese reparando un daño- concluyó.

       Después de esa vez, nunca más volvimos a mencionar explícitamente algo concerniente a su único libro, a la literatura a las palabras o a letras. Él se limitaba a mostrarnos sus dibujos de crayón o servirnos café (hoy me llena de nostalgia recordar los cafés de Isma; en ocasiones creo recobrar el aroma pero dura un segundo). Una de las últimas veces que lo vimos nos regaló tres dibujos. A Lorena le dio algo que se parecía a un mandala; predominaban el amarillo, el naranja y el verde. El mío era más bien violeta, azul y negro; tenía marcos a los costados como si fuese un cuadro. El tercero no dijo para quien sería. Un año después lo pusimos en el cuarto de Valentino; era un coche rojo  de carreras de fórmula uno.

     La última vez que vi a Ismael, nos estábamos mudando del edificio a una casa un poco más grande en Villa Crespo, Lorena no estaba, llamé a su departamento para despedirme.  Lo vi un poco más demacrado:

  - Me estuve emborrachando para dibujar- había dicho, La razón para beber más rara que había escuchado hasta ese momento. Estaba molesto, Se lo veía fastidiado, como si estuviese regresando de un mal viaje, del tráfico del microcentro por ejemplo; como si ese día fuera un aniversario oscuro; la tenue penumbra tamizada de su departamento caía como un velo nostálgico naranja. Sólo esa vez se refirió a la madre de su hija, parecía molesto, llevaba meses sin ver a Mayra Antonella, al parecer la chica había comenzado a odiarlo, y la madre no facilitaba las cosas.
-Peor que haber tenido un hijo con una puta, es nunca haber tenido uno- dijo Ismael bebió un trago de whisky y se quedó callado por un rato. Por cambiar de tema le pregunté si todavía no tenía teléfono. Contestó que no.

-          -El enemigo son las grandes compañías- dijo Están para estafarnos, vapulearnos y vejarnos la  escasa dignidad humana que nos queda. Pronto van a tener el control absoluto. Van a decidir nuestro menú, nuestra pareja, nuestros hijos. No van a haber más rostros, sólo símbolos, entidades abstractas. Hasta  ahora sus bombas de neutrones son las facturas de servicio. Un código de barras ¿eh?. ¿Cuántas personas pueden leer los códigos de barras? No es una comunicación para nosotros; es una comunicación para entidades abstractas. La compañía telefónica y su infierno sonoro, los canales de cable, recibos de luz, las tarjetas de crédito. Usando la tecnología para cambiarnos el idioma. La paradoja es que lo venden todo llamándole al producto “telecomunicaciones”. Nos mienten, facturan siempre más de lo que te juran te va a costar. El valor,  ese mote de las probabilidades, nunca es el precio justo. No hubo un fenómeno tan moldeador de mentes humanas desde la religión.

     Podía entender perfectamente de lo que hablaba con esa presencia ambigua, de bacán en bancarrota. Nunca más volví a verlo. Ismael Medrano se arrojó de su departamento al vacío unas semanas después; casi ningún diario se ocupó de aquello, no se había  arrojado con ninguna máscara, se tiró solamente con su cara de Isma. Por eso ahora es difícil aceptar que está llamando a la puerta.  Lorena me mira y mira por la ventana diciendo, con los ojos llenos de lágrimas, que es él.
       A veces uno siente que las cosas quedan estancadas en algo que no existe más allá de nosotros, de nuestras percepciones. Es más fácil dejarse convencer. Somos condescendientes con nuestras precariedades. Los libros no transportan a ningún lado; pero en cambio nos transportan a determinados tiempos. Vamos escribiendo nuestras vidas con cada acto, algo de eso nos trataba de decirme Isma aquella última vez que hablamos y de la manera en que podía. Entonces recuerdo qué hecho notorio ocurrió unos años después. No es una gran historia, aunque de alguna manera lo cambió todo. Aquella noche llovía muchísimo, Valentino quería seguir jugando. Lorena y yo casi nos quedamos dormidos en el sofá recordando a Ismael. Pero había que salir temprano al otro día, así que nos fuimos a dormir. Por la mañana recuerdo la neblina; Vale dormido en el asiento de atrás del auto abrazado a un Pikachu; recuerdo que en la radio decían que la temperatura seguiría baja y persistirían  intermitentes lloviznas; recuerdo una propaganda de snacks con un gingle pegadizo. De pronto el auto comenzó a dar vueltas. No recuerdo mucho más.
    Pero ahora Isma está llamando a la puerta, ha venido a visitarnos. No sé cuanto hace que lo estamos esperando; esta casa se parece bastante a la otra, los días no difieren entre sí, no hay un sólo turno vespertino que no traiga su recuerdo. Pero nuestras vidas fueron mutando hacia una existencia que a veces se torna intemporal, pareciera que hace años que Vale esta sentado a mitad de la escalera con el piyama de Spiderman. Sé que en cualquier momento Lorena le va a pedir que vaya a su cuarto otra vez, él va a sonreír mostrando que le falta un diente; va a subir despacio deslizando el cochecito naranja por la baranda de la escalera.
     Por eso no deberíamos extrañarnos que Ismael lleva como cinco años muerto y que ahora esté en el porche de entrada tocando el timbre con el sobretodo empapado. Con el maletín donde seguramente traiga sus dibujos, que de manera conveniente pondremos a secar a la lumbre del hogar donde crepitan unos leños  que ya no se van a apagar nunca. Lorena nos hará un café que aunque no tan rico como los de Isma se le parecen bastante; Isma se sacará el sobretodo empapado y se pondrá cómodo en el sillón. Valentino lo va a volver loco con preguntas, que si tiene al erizo bebé en el bolsillo todavía, le pedirá que le preste sus crayones. Mientras hablamos sobre todas las cosas que tenemos para contarnos; ahora que, sin el tiempo corriendo ni el aire respirado, abandonamos nuestra condición efímera para dedicarnos a saber en qué anduvimos todo este largo rato sin vernos, y quién sabe, si la eternidad es medianamente hospitalaria, tal vez volver a hablar de libros.  

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