lunes, 18 de junio de 2012

Pura Sangre

    



Pura Sangre



      De la irremisible mañana de abril en que Margarita Miller, una bailarina de tango de veintidós años fue encontrada flotando sin vida en los lagos de Palermo, a la llamada “Noche roja” por los diarios más sensacionalistas, en que se llevó a cabo el espeluznante asesinato de un caballo pura sangre llamado “Lumberjack III” valuado en un millón de dólares en el hipódromo de la misma ciudad, hay sólo cinco horas de diferencia.     De estos dos casos notables, que dada la jurisdicción no me corresponde investigar, se nutrió una hipótesis que en un principio simplemente me pareció descabellada y absurda, pero que con el correr de mis investigaciones fue tomando cierto cariz de probabilidad.  

      En mi afán por resolver estos sucesos tan enigmáticos, decidí trabajar en los casos por mi propia cuenta, como se dice, extraoficialmente. No obstante tomé los recaudos convenientes y me aseguré de llevar bajo la manga del pantalón mi arma no reglamentaria- una pistola calibre veintidós- una libreta en la que apuntaba todas las pesquisas que creí meritorias y una placa (falsa).

       Recuerdo haber llegado al Club de tango del Bajo Flores pasadas apenas las diez de la noche. Decidí no sacar la  credencial de Inspector  policial a los fulanos de la puerta. Me aposté sobre la barra y como es mi costumbre cuando no estoy de servicio pedí un gintónic. El mozo tenía cara de turco, era un provinciano joven que no miraba a los ojos. Una orquesta en el escenario  se dejaba escuchar tras el humo espeso  de los cigarros; el aire viciado que hacía lagrimear a los que no estamos acostumbrados, a los nuevos, a los que tosemos sintiéndonos culpables.

        Margarita Miller era una mujer hermosa. En el bolsillo interno de mi saco llevaba una fotografía de ella recortada del diario, donde sonreía con el pelo ondulado corrido hacia atrás de la oreja. En brazos y piernas tenía señales de haberse estado inyectando, sin embargo el grado de toxicidad encontrado en su cuerpo era mínimo. El Club de tango del Bajo Flores, ambientado en el mil novecientos, era uno de los lugares en que Miller bailaba. Esta, sólo era una de  las razones conducentes al lugar. La otra es que entre las figuras principales del club se encuentra Fabrizio Milano, cantor de tangos, dueño del caballo de carrera que apareció muerto en el box con un corte en el cuello y sobre quien mis conjeturas arrojaban un manto de sospecha. 

         Milano y su orquesta daban pocos conciertos en Buenos Aires, la mayor parte del año se encontraban de gira por Europa, con especial éxito en Francia y Rumania donde su popularidad es insospechada. Lo reconocí en una de las mesas retiradas a un costado del salón acompañado por otras dos personas, semblante pálido y cansino, ojos escrutadores que sin embargo se detenían en puntos vagos con cierta melancolía. Tendría algo más de cuarenta años, parecía un seductor innato, vestía traje impecable, sienes ligeramente encanecidas  y se peinaba  a “ la gomina”.  A su derecha una mujer de pelo lacio y negro en contraste con su piel que parecía un salitral efímero o una porcelana muy frágil; perdía su mirada entre la orquesta y la densa humareda. En el otro flanco sentado, un tipo joven de sombrero en apariencia músico, junto a un estuche de guitarra. Me interesé en reconocer que estaban bebiendo pero sus vasos estaban hechos de un material oscuro, y aunque ellos se encontraban a unos diez metros creí advertir que eran vasos de madera. Como de ébano. 
      Milano se puso de pie. Pude ver lo alto que era. Fue con dirección a los sanitarios y lo seguí. Cuando entré al baño de caballeros el altísimo cantor se lavaba la cara. Me miró desde el espejo y volvió a sumergir el rostro en sus manos colmadas de agua. Fui hacia los orinales que olían terriblemente; estuve a punto de silbar un tango para descomprimir un poco de incomodidad pero me contuve apenado y condicionado por el capo tanguero que se aproximaba hasta el mingitorio junto al mío. Sentí un escalofrío en la nuca que me erizó la piel y me hizo trepidar los hombros, me apronté a terminar la labor fisiológica y en el apuro mojé mi pantalón entre la ingle y la pierna derecha. Noté que Milano olía como un funebrero. En el lavabo apenas mojé los dedos en el agua helada y salí del baño. Lo aguardé cerca de la puerta, tomé coraje y lo abordé cuando salió.

-Señor Milano, Del Río. Mucho gusto-  lo saludé. Tardó en darme su mano pesada y férrea. Estaba forzando algo no muy parecido a una sonrisa.- Necesito hacerle unas preguntas- dije mostrando la insignia. Milano le echó un vistazo rápido y miró con calma hacia su mesa cercana al escenario. La mujer  de sal le hizo un gesto apenas perceptible, un casi morderse de labios.
 
- Ningún problema inspector- Contestó el tanguero, no obstante condicionó- solamente hágame el favor de dejarme terminar mi presentación y viene al camarín. Si me disculpa- dijo y con un movimiento de cabeza llamó a su guitarrero y éste se levantó de la mesa para acompañarlo hacia el escenario quitándose el sombrero y desnudando su calva como un bochaje obsceno. De un rincón en forma intempestiva salió un gordito de papada y ojeroso, con un bandoneón en sus manos y se sentó en una banqueta. La guitarra preludió “Sangre maleva” y el bandoneón la siguió. Milano comenzó a cantar. Me sorprendió el silabeo profuso, y aunque algo cascada,  la voz vagamente me recordó a Oscar Larroca. Pedí  otro gintónic  con maníes y ocupé una de las mesas pequeñas a un rincón. A la izquierda un grupo de malevos jugaban con naipes. Me alegró sentir la incomodidad de mi arma auxiliar en la pantorrilla bajo el pantalón.
La mujer pálida se acercó a mi mesa, se presentó como Natacha y tomó asiento junto a mí.
 
- Del Río- dije estrechando su fina y blanca mano. 
   

Esa mujer blanquísima que se miró con Milano unos minutos antes y que ahora daba una impresión más marmórea que salina. De singular belleza, con un perfil gélido y sensual, se instauraba en mi mesa como una contradicción. Dijo:
-Por alguna razón tiene el efecto de poner incómodas a las personas, con ese aire de tragicómico Marlowe.
 

- No sé de qué habla- Dije.
Imprecada de verbos, administraba palabras con suma liquidez, parecía una cánula entornada que dejaba verter definiciones, observaciones, expresiones idiomáticas. Entonces pude sentir como un placer arcano y me dejé llevar por el flujo de su voz.
-    No es solamente que dé la impresión todo el tiempo de estar haciéndose el sota- continuó la pálida mujer- es además esa actitud manifiesta de estar oliendo las cosas. Desde hace rato quiere saber que estamos bebiendo ¿Sabe cómo se llama este trago? -preguntó mostrando su vaso del cual sorbía con una bombilla blanca y aproximándose lentamente a mi oreja mediante un susurro que parecía más bien un ronroneo, dijo- Lumberjack tercero.
      Muy bien. Al parecer el trago es en honor al caballo asesinado, Pensé. Ande pruebe un sorbo dijo ofreciéndome la mujer. Estuve a punto de negarme pero podría jurar que algo en sus ojos me convenció en un instante y chupé del sorbete. Una vez en la boca no pude evitar escupirlo.
 
-Hecho de grapa y sangre de caballo árabe- dijo sonriendo divertida- Hay un equivalente Rumano para este trago, pero créame que lo espantaría. Hágame el favor y deje tranquilo a Fabrizio; está cansado de tantas giras y usted no le agrada, puedo notarlo. No es demasiado personal, generalmente los agentes fisgones lo indigestan.
     Sabía que debía recuperar el control  de la situación; en cuanto me descuidara  la mujer iba a meter en mi cabeza lo que le viniera en gana con su cadencia hipnótica. Le mostré la fotografía de la bailarina muerta. Con la expresión de la cara inmutada dijo no haberla visto nunca.
     Al parecer había pasado un poco más de tiempo del que pude registrar. El cantor terminó  su repertorio y se dirigió al camarín. Pedí permiso a la blanca  mujer llamada Natacha  y lo seguí. Esperé unos minutos en la puerta. El gordo ojeroso de las papadas me dijo con la mirada intemporal que pase.  Frente a un espejo Milano se pasaba un pañuelo blanco por la cara como tratando de arreglar algo. Colgado en la pared vi una foto muy vieja de Homero Manzi junto a un doble exacto de Milano, seguramente su abuelo asumí.
-    Investigo el crimen de una señorita que bailaba en este club -dije mostrando la fotografía de Margarita Miller- ocurrió hace una semana.
-    Lamento no poder ayudarlo- dijo Milano. Noté una ligera grieta en sus patas de gallo -¿algo más?- preguntó.
-    Esa misma noche degollaron a un pura sangre costosísimo, Lumberjack tercero, tengo entendido que era de su propiedad- dije.
El cantor sonrió levemente y se puso de pie. Caminó hacia uno de los modulares y de él extrajo la fotografía de un caballo de carrera.
-    Mire. Éste es Lumberjack primero- dijo mostrándome la imagen del oscuro animal- cuando lo trajeron de Europa en el barco se lastimó el casco de una pata. Entonces lo usamos como semental. Su hijo, Lumberjack Segundo ganó el Derby de Palermo por tres años consecutivos; su descendencia, Lumberjack tercero desde potrillo desarrolló en una de sus patas un sobrehueso que le impedía competir. No obstante su ADN estaba sobrevaluado y como decirle, su sangre es menester para algunas de nuestras actividades; como parece usted haberse encargado de anotar en su libreta. La perdió en el baño. Discúlpeme pero tuve que revisarla. Ya no puedo devolvérsela.
      Me palpé el traje y en efecto mi libreta no estaba. Sentí la cara enrojecer primero y palidecer después cuando comencé a asustarme.
-    Además- continuó- esa credencial suya es absolutamente falsa. Tengo algunos años más de los que aparento. Ignoro si es un loco o un idiota señor Del Río.
    El tipo calvo también entró al camarín y tomó asiento en una silla; desenfundó su guitarra y procuró un rasgueo tristísimo. Milano siguió hablando como si estuviese cerrando un libro; no tuve mucho tiempo en reparar en sus palabras y comenzaba a marearme. El grotesco bandoneonista compareció como una sombra rampante junto a mí. Su puño irregular y duro como un gran fémur colisionó de manera inusitada sobre mi sien. 

      Desperté sentado algunas horas después. Me dolían terriblemente las muñecas de las que me encontraba sujeto a una especie de palenque. El lugar parecía un establo oscuro. Con esfuerzo giré la cabeza y detrás de mí, me horripiló encontrar un caballo enorme de carrera en lo que parecía un corral; los ojos saltones y enrojecidos eran como dos lamparones desesperantes, abría las fosas nasales como si recién terminará de correr. Tenía mangueras conectadas a sus patas por las que ininterrumpidamente recorría un circuito de su sangre en un símil de diálisis. Lastimándome las muñecas logré liberar la mano izquierda al momento en que el bandoneonista entraba a ese negro almacén con algo que parecían mangueras con agujas. Al verme despierto tomó una pala apoyada en un fardo de albaca. Me esperanzó el hecho de encontrar el arma aún en la pantorrilla; con dificultad pude liberarla y le apunté. Esto no desalentó al autómata y continuó acercándose hacia mí con la pala en las manos. No dudé en comenzar a disparar aún con mi mano torpe. Le di dos tiros en el pecho y otro en la mejilla. El fofo y pálido captor aún avanzaba; seguí disparando con desesperación y una de las últimas balas dio en el tragaluz por donde ingresó un rayo de sol que encegueció al tipo y espantó al caballo. El jamelgo pateó una portezuela de madera y echó a correr arrastrándome con el palenque. Me arrastró unos doscientos metros luego de sacarme del box, haciéndome golpear en las paredes. Comprendí confusamente que me encontraba en el hipódromo. El pura sangre de pronto se desplomó bajo el sol matutino como si le hubiesen calcinado el cerebro en un microondas. Quedé inconsciente con algunas costillas rotas. Abandoné la hospitalización semanas después aún tratando de ajustar piezas de todo el asunto. Me enteré entonces que el club de tango ahora es una quesería. No había rastro de Milano y su gente, sólo rumores de otra gira Europea; puedo imaginarlo aún acomodándose la cara frente a algún espejo de una fonda en Francia o Rumania, donde beben tragos rarísimos que espantan y su éxito es insospechable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario