miércoles, 4 de enero de 2012


Infiernito


... y al indicarme donde tienen
el corazón, todos llevan el dedo
índice al hemisferio izquierdo
del pecho...


No sé por qué estás enojado conmigo ¿Y vos bobo? ¿dónde tenés tu corazón? yo debo ser el único que te llevo ahí en la mochila, junto con los lápices y los cuadernos. Pensé que todos lo hacían. Pensé que eras realmente útil. ¿Cómo es que los demás los llevan siempre consigo mismo? pero vos no podías quedarte dentro de uno como los de todo el mundo.
       Yo igual siempre trato de cuidarte del Enzo, por eso me saco la mochila para defenderme cuando el viene provocar y te dejo cerca de Leticia. Porque me patea en las costillas y en el estómago, y vos viste que levanto los puños, pero no puedo ni odiarlo.  Hasta que al final el Enzo se va y vos quedás a salvo. Al volver a cargarme la mochila me doy cuenta que es Leticia la que aprieta fuerte mi mano; y no se ríe como los demás. Debe ser porque yo siempre la defiendo cuando los demás se burlan de esa casa de muñecas que suele llevar a todos lados; a veces quisiera decirle que ya está grande para esos juegos, pero es como ahora en que ella me da un beso para que las patadas del Enzo no me duelan tanto.
¿Te acordás aquel sábado en que todos preguntaron lo mismo? ¿Porqué llevás mochila si no hay clases?, yo les decía que iba a casa de Leticia y vos estabas tan contento junto a esos libros que te apretaban los latidos. Pero cuando llegamos y golpeamos a su puerta -la mamá que ya nos traía entre ojos desde aquel cumpleaños en el que te colgaron en el perchero y yo no hablé con nadie- nos dijo que no estaba. En su patio pude ver que sólo estaba la casa de muñecas, pero escuché risas en la casa de junto; distinguí su voz y la del Enzo, me quité la mochila -porque es difícil saltar la verja del patio de Leticia y vos te podías caer-. No sé por qué una vez dentro hice esa porquería, de romper su casa de muñecas a patadas. Cuando me puse otra vez la mochila estaba más pesada, así que tiré esos dos libros de geometría que te molestaban tanto. Pero eso no disminuyó el peso en mi espalda. Caminamos un rato por la plaza, vos no me hablabas como ahora que te saco a pasear después de tanto y te encuentro como un corazón de felpa mojado. Vos sos de esos corazones rencorosos que un buen día les agarra un síncope; pero acordáte que de regreso encontramos a Leticia en el cordón de la vereda, con los ojos llenos de lágrimas. Al mirarla solo pude pensar en el daño que me había hecho riéndose de esa forma con el Enzo… por eso le pregunté dónde tenía el corazón. Cuando me dijo que lo guardaba en su casa de muñecas; sentí como un gran fuego en mi espalda y nos fuimos camino a casa con la mochila en llamas, vos estabas ardiendo.

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