sábado, 12 de noviembre de 2011

Instrucciones para el uso del infierno (o el sueño de un borderline)



"Un cielo, porque ya no hay lugar dónde apoyar la cabeza".  Henry Michaux


              El libro “psiquiatric strung arden” define la palabra “Borderline”, como el estado fronterizo del sujeto, entre la neurosis y la psicosis. Una obra de referencia en la materia, con Otto Kemberg y otros autores. Unas 965 páginas de vanilocuencia académica. En tanto el “Handbuch der borderline-persönlichkeitsstörungen” Schattauer, Stuttgart 2001, sostiene que ésta patología puede ser tratable mediante una combinación de medicamentos y otras terapias, ya sea fluoxetine y bajas dosis intermitentes de neurolépticos. El mismo Schattauer diseñó un “Diagnóstico estructural” con el expreso fin de identificar los casos límite (Borderline o fronterizos) y distinguirlo del neurótico o del psicótico a partir de tres parámetros positivos: el juicio a la realidad, las relaciones objetales y las defensas utilizadas.
        Llevado al plano afectivo podríamos inferir que el estado límite del sujeto borderline, se encuentra mediatizado por las relaciones que el mismo mantiene con el entorno (y no tanto); mientras que el síndrome puede ser identificado con una razonable fiabilidad, la naturaleza fundamental del desorden se mantiene confusa.
          El sujeto de pronto toma una fisonomía, una voz, un nombre. De pronto el sujeto se llama Martín Valle, tiene treinta años y lleva algún tiempo lidiando con el insomnio.
       El artefacto llegó temprano. “Arte-facto” pensó el borderline entre somnolencias frustradas. Ocho de la mañana y el timbre sonando. Se levantó de la cama buscando las pantuflas. Dónde las había dejado. No. Dónde carajo las había dejado; y ese timbre sonando. Ya no el teléfono, más nunca el despertador; ese condenado timbre sonando. Le pareció que bien podría ir descalzo cuando cerca del baño encontró una. Diminuta sucia y rosada pantufla izquierda. Lo notó cuando intentó ponérsela con la derecha tambaleando semidormido y apoyando una mano sobre  la pared, dónde por poco derriba un cuadro. Una pantufla sería más que suficiente. Aún siendo en el pie equivocado; aún siendo rosada y varios números menor que su talla. Llegó hasta la puerta y puso un ojo en la mirilla. En principio no creyó ver nada. El timbre volvió a sonar. Ésta vez sintió un escalofrío en la nuca. Volvió a mirar y creyó ver a un niño. Quitó la traba y abrió. Se quedó mirando confusamente a lo más parecido a un oompaloompa que había visto hasta ese día. El microniano dijo con voz de hormiga que traía una encomienda; una caja más alta que él mismo. Cómo la pudo subir un piso, pensó.
-¿Martin Valle?
-Sí.
-Firme aquí por favor.
       El sobre adjunto era muy preciso. Para el correcto funcionamiento y mantenimiento del dispositivo (sea lo que fuese) debía asistir al curso impartido por la compañía en una de las oficinas comerciales, cito Avenida de Mayo al mil trecientos del barrio de Monserrat. Palacio Barolo.
   El curso comenzaba esa misma tarde. Se tomó un café-rápido. Método borderline: calentarlo hasta la ebullición y echarle un chorro de coca cola fría. Así les gusta; y beberlo en tres tragos.
   Pensó por enésima vez en una muchacha llamada Miriam. ¿Cuándo se había ido?. –Cuándo-, dijo y un eco se expandió por el pasillo que daba al dormitorio. Una ducha lo estabilizaría. Mientras se bañaba resbaló y se rompió medio diente con la canilla de la bañera. No haberle importado era lo preocupante.
      En qué instancia aquella muchacha se había vuelto mitológica, semidiosa prosélita; el ángel de la indiferencia y la inmisericordia; y hasta en cierto punto lo que él mismo consideraba- no sin cierta culpa- la razón misma del insomnio. Tránsfuga de un cielo incontenible. Con nostalgia pensó que hubiese sido una era fantástica. Su obsesión espiritual de la carne, un pedazo importante de anhelo. Ese tipo de fanatismo salvaje, apoteósico,  injustificado por una efigie que sin ir más lejos alguna vez supo tomarlo del cuello o la cintura. Mientras se secaba el cuerpo con algo que en otra vida fue toallón, recordó vagamente un día de frío en que se despidió de ella, y ahora se sumía al énfasis de su ausencia detallada con turbación y desesperanza.

-Adjetivas demasiado- dijo el borderline poniendose unas medias a rombo.
 
     Ponerse el traje yaciente en el perchero junto a la puerta. Arreglarse la corbata frente al espejo (esto quizá sólo pudo pensarlo) mientras se miraba como desde una ventana y se auto-odiaba un momento hasta con el último relieve de sus muecas, para luego salir a la calle cabizbajo a buscar un taxi.
    Toda la nomenclatura urbana escapando a sus ojos. Sólo veía sus zapatos moverse. “No mirar ni un solo cartel publicitario por más de un segundo” se decía. por eso no vio a la hermosa mujer de calzas blancas que bebía agua mineral esperando el semáforo. Ni vio al chico de los malabares, al canillita manco ni al resto de la gente.     Sólo levantó los ojos y paró un taxi.
     El chofer parecía un muerto. Llevaba el cariz de un muerto, olía como un muerto. Parecía manejar por inercia, por rigidez cadavérica. Encendió la radio y se comenzó a escuchar un tango desolador. El tipo se prendió un pucho y miró al borderline por el espejo retrovisor.
-¿A dónde vamos?- preguntó con el pucho en la boca.
-Avenida de Mayo, al mil trecientos- dijo el borderline- Palacio Barolo.
       Quería decirle que apague el pucho, cierre la ventanilla; que apague esa condenada radio, ese tango llorón que le estaba serruchando el alma. Quería decirle que pare, que lo deje en una esquina cualquiera. Inquieto se apartaba del respaldo de asiento y se mordía los dedos. Pero entonces la vio. Iba en otro taxi, lo supo por el pelo.
-Siga a ese taxi por favor- le dijo al taxista. Frase que estaba convencidísimo, alguna vez estaría obligado a decir.
- ¿A cuál de todos flaco?- preguntó el chofer desorientado.
-El del techo amarillo- dijo sin reparar mucho en lo que decía y en el espejo miró la cara pálida del taxista- lleva una pasajera. Una chica muy bonita de rulos. Creo que es el que está por doblar en aquella esquina. No, espere, me parece que es aquél. La perdí de nuevo. la buscamos en un radio de tres cuadras y vamos al Barolo. 
- Mirá que el relojito corre flaco. Trafico de mierda. A esta hora no se puede laburar. Mirá aquellos vagos en la plaza. Con los militares esto no pasaba- decía el taxista entre balbuceos y puteadas.
   El palacio Barolo en verdad era una belleza. Sus revestimientos eran increíbles: escaleras mármol de carrara, paredes de granito y toda esa temática dantesca podía impresionar a cualquiera. En la recepción preguntó por el curso de tecnología doméstica o “algo por el estilo” dijo, tratando de explicar algo que -para él mismo- era difícil de precisar. Nadie supo responderle.
      Cerca de uno de los ascensores, un viejo encorvado y cegatón que se desplazaba mediante la ayuda de un bastón de madera refinada; y a quien el borderline pareció conocer de algún lado, comentó que se estaba dando una conferencia en el teatro ubicado en el subsuelo. Que sólo dos de los once elevadores daban a los niveles inferiores.  A menos que quiera  bajar por las escaleras, de cuyos 1410 peldaños dos eran infinitos. Le estaba agradeciendo la información, cuando la jaula del ascensor se detuvo frente a él.
     Una vez en el subsuelo, vio al fondo del corredor la puerta grande del salón. Tuvo la sospecha de que fuera lo que fuese que estaba del otro lado de la puerta, ya no podría sorprenderlo. El bordeline estaba equivocado.
       Cuando entró al salón la puerta chilló. Unas cien personas ubicadas en sus butacas voltearon para verlo. “Señor Valle, supongo” Desde el atril el conferenciante interrumpió su discurso dándole la bienvenida y rogándole que se ubicase en un asiento. “Aún llegando tarde” decía con sonrisa amable.
Disculpen la demora, se excusó el borderline; hubiese querido pasar más inadvertido pero ahí nomás intentó sentarse y pisó a una señora con cara de lémur que llevaba un pañuelo en la cabeza. Ésta dijo ¡fíjese!, lo siento mucho sumó el borderline y pensó que se estaba disculpando de manera excesiva. Cuando por fin consiguió tomar asiento notó que a su lado estaba ELLA.
-De alguna manera presentí que te iba a encontrar acá- dijo el borderline. La muchacha lo miró desentendida- No llegué tan tarde después de todo ¿cómo va la obra? ¿o era un curso de tecnología doméstica nomás?
-Me parece que me estás confundiendo con alguien - dijo la chica y miró hacia el representante de la compañía, interesada en algo que éste decía sobre el nivel dos del curso.
-Muy bien, siempre usando la indiferencia para desdibujarme. No importa. Pero ¿de qué va el curso? ¿Qué me perdí?
La chica lo volvió a mirar y en voz baja dijo:
-Vamos a entrar al nivel dos del manual, “Instrucciones para temperaturas superiores”.
-¿Superiores a qué?
-¿Cómo a qué? ¿No leíste el manual?
-Sí- dijo el borderline mintiendo

La joven lo miró con incredulidad, y le pidió dejara seguir escuchando al orador.
-Sí dale, me callo. O lo que es muy parecido, me muteo. Tenés el pelo más corto.
      El representante de la compañía  de sienes ligeramente encanecidas y saco café juvenilmente arremangado, desde el atril desplegaba una lámina sobre una pizarra blanca. Era un croquis de un artefacto rectangular. Sus secciones estaban numeradas y de cada pieza se proyectaban líneas explicativas. Su ayudante -a quien en algún momento llamó Benjamín- le facilitaba los elementos a exponer. Estaba a su izquierda, era más joven. Vestía un traje negro muy entallado, con una gran hebilla dorada en su pantalón. Tomó asiento y se cruzó de piernas como una señorita. Tenía unos pequeños lentes redondos de sol y sonrisa de tiburón. No hablaba, sólo asentía con la cabeza cuando era aludido por el representante de la compañía. 
“Sigo creyendo en el buen espíritu de sus inquietudes- decía el representante chocando las puntas de sus dedos como quien ejecuta una trompeta- a priori vamos a dar inicio con las instrucciones para usar el comando a distancia. Mi Benjamín es amante de éste tipo de chucherías. Tenemos uno embutido en la pared de nuestro dormitorio… señores, represento a una firma inapelable. En todo caso, y yo diría en el mejor de los casos, ustedes son merecedores en lo más profundo de nuestro servicio. En la dicotomía calidad-costo optaron por lo primero y créanme, hicieron un buen negocio”.


-Que tenés el pelo más corto- repitió el borderline a la chica.
- Mirá, todo bien, pero no te conozco- dijo ella
-No juegues.
-Shhh- propició la señora con cara de lémur.
-Hay algo de lo que deberíamos hablar Miriam. Algo que no nos dijimos la última vez; como una forma tardía de remendar los errores de otro tiempo.
-Shh ¡deje escuchar hombre!- volvió a reclamar la señora. Pero el borderline parecía no oírla. Miraba el diminuto rostro de la chica con fantasía.
   Pero había algo en los ojos del borderline, algo que invadió a la muchacha como una escarcha de invierno cayendo sobre sus hombros. “A éste tipo le pasa algo muy grande” pensó, como si de alguna forma se sucediera un pedido de auxilio, intermitente con ráfagas de absurdo.

“Cuando vayan a usar el infierno como despertador…, o para ponerse las pantuflas al salir de la cama…” decía el representante.

-¿Dijo infierno? ¿Qué nos vendieron Miriam?- preguntó el borderline
-En verdad no soy quien crees que soy, Martín.
-Vámos, en serio. Acabás de llamarme por mi nombre, reconocé.
-Es porque hoy el representante pasó lista. Fuiste el único que no estaba… Martín Valle dijo,  además tenés cara de Martín- dijo en un tono más íntimo y continuó- un Martín que se está desintegrando.  En verdad me parece que te pasa algo, como a todos los que estamos acá, pero es importante escuchar al conferenciante, que aprendamos a usar el producto.
-Ya te dije, me pasa que necesito hablarte. Me importa un pito el producto que nos vendieron. Es más; cuando éste tipo deje de sermonear, le chanto que quiero revocar el contrato. Ahí está. Apelo a mi derecho de consumidor. No sé en realidad que nos vendieron, pero yo no quiero ningún infierno. Ponete a pensar, nada bueno viene de las profundidades, ni el amor. Deberíamos amarnos con toda la superficialidad del mundo. De hecho alguno de nosotros lo hizo. No es un pecado. Muy en lo profundo estamos llenos de odio. ¿Ves? Mirá la cara que me ponés. Bueno, en realidad no la podés ver; a menos que saques de tu bolso el espejito marrón  ¿O era lila? Lo cierto es que tenés cara de terror clase b, pero te ves hermosa como siempre.
-Pero por qué no se calla hombre- insistía la señora con cara de lémur. 

El representante de la compañía se vio obligado a intervenir:

-El caballero de gris-dijo- no, usted no, el que está detrás suyo; el de la corbata torcida. Sí, usted. ¿Podría hacer el favor de dejarme dar el curso? ¿Sería tan auspicioso, benévolo, áurico, como para dejarme continuar sin interrupciones?
-Lo siento mucho señor representante- dijo el borderline- le decía a mi…¿Qué somos Miriam?, pareja ya no. Nunca fuiste mía así que lo de ex no correspondería. Como amigos no pactamos. Parientes menos, eso sería muy raro. Socia. Eso es. Porque al fin y al cabo me parece que esto vino a nombre de los dos; de cuando vivíamos juntos. Mi socia señor representante. Le estaba diciendo que agradecería mucho aceptara el producto en devolución.
-Eso no es posible señor Valle. ¿Algo más?
-Sí, ya que lo pregunta. Yo creo que usted adjetiva demasiado, igual que el dueño de su compañía. A veces lo oigo.
-Interesante. Ahora si me disculpa voy a proseguir con el curso, gracias.

     “Un descuido en la reparación de problemas del producto puede causar la muerte. Técnicos experimentados han expirado, por haber probado el sistema con la tapa removida. Éstos artefactos son sin lugar a dudas, el más mortífero tipo de equipo electrónico de consumo de uso generalizado.” Continuaba explicando el representante de la compañía.

-No quiero que te metas en problemas- le dijo la chica al borderline y se levantó de su asiento para ubicarse dos filas más alejada. Pero como explicar que son los problemas que se meten en uno.
     Hay cosas, hay instancias, por las que no se puede hacer mucho. Hisopo, isótopo y un arca insoslayable en el discurso. Como escribir en un ambiente minado. Contaminado. Dónde los hechos pueden tomarlo del cuello para estrangularlo. Como jugar en pleno ajedrez pateado. El borderline pensaba que eso era precisamente lo que le estaba pasando. Si lograba vencer a esas  fuerzas oscuras que querían llevarlo para el otro lado. Había algo decididamente importante que debía decirle a esa chica que acababa de sentarse lejos. No se preguntaba por qué, pero sabía que sólo era posible siendo ahí, en ese momento.  Sentía como cuando se escribe un poema, que interrumpen justo en el momento en que se está por meter una metáfora absoluta en un verso que pudiese aliviarlo todo para siempre. “Que no me maten la metáfora” dijo y tuvo el impulso de ponerse de pie, pero de pronto sintió una mano en el hombro que se posó como una hoja de otoño de mil kilos.

-Usted parece una de esas personas que no pueden mantenerse quietas- dijo el hombre a su lado quitando despacio su mano pesada, que de pronto, pareció ingrávida como una pluma. El hombre tendría medio siglo, el pelo platinado. Sonreía. Llevaba un overol que alguna vez fue  blanco y ahora estaba manchado de diversos colores- pero a mí no me engaña con su perversión polisomática. Mire- dijo y extendió sus manos ambiguas y largas- tengo pintura en las manos, tinta en los dedos, arcilla entre las uñas, dígame: ¿sabe que soy?
-¿Un sucio?- respondió el borderline sin demostrar mayor interés.
-No señor. Un artista. Artista plástico para ser más exacto.
-Ah, usted es un sujeto con sensibilidad superior- dijo el borderline
-Entre otras cosas. Un artista podría encontrar belleza incluso en el amor.
-Nominaciones. Ustedes lo llaman amor.
-¿Y usted cómo lo llamaría?- preguntó en tono calmo el artista.
-“Epilepsia del lóbulo temporal”. De eso justamente quería hablar con la señorita que estaba a mi lado- señaló el borderline y volteó para ver a la muchacha, que también lo estaba mirando con ojos compasivos y que rápidamente apartó hacia el representante quien continuaba con su charla.
-Debería dejar a esa muchacha tranquila- sugirió el artista- a menudo nos encontramos con situaciones no del todo explicables. Qué quiere que le diga, transitamos los pasillos oscuros con fines luminosos;  como quien pasa por un túnel infame para nacer. Pero en ese trayecto nos vamos desprestigiando el alma en un sentido pueril. Como le está pasando a usted en éste momento. Hágame caso, olvídese de ella. ¿Cómo hace usted para darse cuenta que caímos en la grandiosa trampa de los sueños?
-Puedo distinguirlos perfectamente. pasan cosas muy raras; como ver a una ballena detener el tránsito de la avenida. Hoy he viajado sin problemas. Salvo un tachero desagradable. Ahora bien: usted también hágame caso, el aguarrás es un gran quita esmalte. Con permiso- dijo el borderline y se levantó de golpe. Caminó hacia donde estaba la chica. Le dijo algo al oído a un joven que estaba sentado junto a ella y éste se levantó intempestivamente, para dirigirse a las butacas más retiradas. Una vez ocupado el asiento junto a ella el borderline dijo:

-Pregunta: si a la realidad la dividimos por la irrealidad;  le sumamos la realidades relativas y la multiplicamos por el número de cosas que no existen, ese número…¿es igual o menor a cero?
-Yo creo que es menor Martín. Por definición esa es una realidad negativa- dijo la joven- vos decís conocerme. yo digo que no te vi nunca en mi vida. A ver, decime como nos conocimos. Pero hablá bajito.
-La historia clásica, no pudiste haberlo olvidado.  
-Contame la historia clásica que no me acuerdo, a ver.
-Íbamos por la calle, a vos se te calló al piso un bolígrafo o algo por el estilo, yo pasaba justo. Sospechando mi espíritu caballerístico te precipitaste a tomarlo primero, llevada acaso por algún tipo de beauvoirismo fabuloso;  pero sin contar con mi urgente compromiso de boy scout sartreano. Nos dimos de lleno en la frente. Vos puteaste, yo me reprimí cuando te miré a los ojos.

-¿Historia clásica?- preguntó la chica.
-Sí, casi una historia de amor. Acabo de hablar con aquel tipo de eso. Un artista. Ellos son incapaces de darse cuenta que el amor es una droga de diseño, algo fabricado en un laboratorio para ser distribuidos a los siete mil millones de consumidores. ¿Te acordás cuando encontré aquel agente de marketing bajo la cama? Pero no es el punto, lo que te quiero decir Miriam…

    Una vez más el representante detuvo su oratoria para pedirle al borderline que haga silencio.
-Disculpe de nuevo, es que intentamos solucionar algo, por lo demás insolucionable.
-Podrían intentar solucionarlo en otra parte, necesito terminar de explicar el nivel cuatro de...
-Pero está pasando acá. ¿Usted tiene idea de lo que significaría trasladar las circunstancias a otro lugar? ¿Dimensiona esa logística? Tendríamos que desplazarnos. Iría ella, iría yo, usted iría. Nos acompañaría Benjamín, que en éste preciso instante le está mirando el culo. Toda ésta gente gris con el artista y aquella mujer con cara de lémur. El atril, el pizarrón. Y lo que me parece aún más inconveniente: ¿cómo mudaríamos el cuarto?
-No nos obligue a llamar a seguridad- advirtió el representante de la compañía, su asistente Benjamín estuvo a punto de levantarse del asiento, pero desistió ante la mirada reprobatoria del representante.
-Pero si no hay ninguna seguridad de nada- dijo el borderline

“Está bien Martín, vamos a otro lado, no quiero que te metas en problemas” pidió la chica.

-Es que no me importa en absoluto Miriam. Ellos… cimientan sus razones. Acaso por algún segundo se te ocurrió pensar, que esto que nos está pasando, ésta conversación…
-No compliques más las cosas- pidió la chica mientras la atmósfera del salón se volvía gradualmente oscura.
-Escucháme por favor. Ésta conversación, puede ser para ésta… sociedad de irresponsabilidad ilimitada que somos. Puede ser más importante que cualquier curso intensivo para usar un microondas, un infierno o lo que sea que compramos.
-Vos no entendés Martín, este curso es para aprender a usarlo. Seguir con nuestras vidas.
      De pronto dos considerables gorilas trajeados, tomándolo de ambos brazos parecían arrancarlo de su ensoñación, junto a Benjamín que le indicaba la salida. “No le hagan nada” pidió la muchacha pero éstos parecían no oírla y a los empujones lo sacaron del auditorio.

 “ No se preocupen- decía el representante con tono hasta en cierto punto ameno- un poco de aire fresco en el pasillo para el señor Valle y será bienvenido para la última parte del curso. Comprenderán que no podemos permitir que se pierda el final de la materia. Después de un break de quince minutos que nos tomaremos exactamente ahora, por si alguno quiere ir al baño o dirigirse al bufete para comer algo. No obstante le recuerdo que los sanitarios del subsuelo están en desuso por dificultades técnicas.  Pueden ir a los baños de los pisos superiores, gracias. Ah, una cosa más: cortamos el suministro de  agua de nuestras instalaciones, por alguna razón tenía un fuerte gusto sulfuroso, creo que hay un dispenser de agua en el piso nueve. Ahora sí, eso es todo, nos vemos” finalmente canturreó.

      Al salir del salón las personas se encontraron con el borderline vomitando y tratando de reincorporarse del suelo. Tomándose del estómago con las dos manos, como si acabase de recibir un golpe. Sonreía.
-Qué bárbaro hombre, usted no se puede quedar callado. A ver déjeme ayudarlo a levantarse- dijo inusitadamente la señora con cara de lémur.
-No es nada señora. Necesito tomar mis fluo.
-¿Fluo? Son pastillas, que barbaridad, cómo las necesitamos vio, ¿de cuáles toma?
-Unas que son como placebos mentolados, pero sin mentol- respondió el borderline.
-Yo desde la quimio a esta parte las necesité, por eso este curso me viene al pelo- advirtió la señora con cara de lémur.
-En el piso nueve hay un dispensario vio. De esos de plástico, agua fría, agua caliente. Qué barbaridad, como tarda este ascensor. Una tiene que hacer sus necesidades como todo el mundo.
-Usted sabe, los palacios.
-El ascensor está tardando demasiado ¿No le parece?
-En informática le dicen el “síndrome del reloj de arena” creo. Uno desearía que las cosas transcurran a nuestra voluntad. Pero los acontecimientos se hacen súper lentos. Fíjese todo lo que nos está pasando. Es un volúmen muy grande de información para procesar. ¿Usted dijo que puedo beber agua en el piso nueve?- acababa de preguntar el borderline a la señora con cara de lémur, pero ésta ya no estaba. La puerta del ascensor se estaba cerrando.

      Esos baches de tiempo donde se interna el borderline, para llenarlos de dialogo de pseudo  raciocinios. Cuando se dispara borderline, cuando su lengua se lanza al galope de su voz para buscar esclarecer los sucesos. De todas formas la señora con cara de lémur tampoco importaba. Él sólo necesitaba encontrar a la chica y tomar su fluoxetine. O como lo estaba pensando en ese momento “Es todo lo que puedo pedirle al mundo, en mil cuadras a la redonda”

-Lo estuve observando. Estaba mirando el hueco del ascensor con fantasía- dijo el artista de pronto junto a él-  pero estamos en el subsuelo, no hay nada más abajo. A lo sumo se rompe un pierna. Me doy cuenta de todo rápido. Estoy permeado por la vida, y de ella voy tomando un poco de todo. Soy ecléctico como el palacio.
-Necesito tomar unas pastillas, creo que se puede beber agua en el piso nueve.- dijo el  borderline
-Así es, éstos son los dos ascensores ocultos. Hay nueve más abiertos para todo el público; pero solo éstos comunican al subsuelo. Ésta sección corresponde al infierno y discúlpeme que use términos bíblicos. Su botellón de agua está en el medio, el purgatorio. Si quiere lo acompaño para que no se pierda ni se tire por el hueco del ascensor que tanta admiración le hace. En cuanto a la chica. Si la mitología no falla, y su historia de amor es clásica; está en el cielo. En el faro de las trescientas mil bujías del último piso. Pero si no está ahí, quizá no exista, no se me vaya a desanimar hombre. La vida sigue- concluyó el artista mientras abría las rejas del elevador e ingresaban. Marcó en el tablero piso 9.
    
     Subían. El borderline callado e inhóspito en la jaula que chirriaba. Con la mano dentro del saco apretaba el frasco de pastillas. Necesitaba tomarlas para dilucidar los hechos. La realidad y su percepción de las cosas no siempre coincidían. El ascensor subía o bien podría estar bajando,  llendo hacia delante -si hubiera un adelante- o estar perfectamente quieto. El artista hablaba:

- El edificio tiene 22 pisos, misma cantidad que versos en la conocida obra de Alighieri. Probablemente no le interese el arte. Pero necesitará algunos datos más- y el artista continuó hablando sobre el edificio y el célebre escritor italiano, más el borderline apretaba su frasquito pensando en la muchacha- Y esto es lo más importante mi fronterizo amigo, preste atención en lo que le voy a decir- dijo el artista

   Cuando el ascensor se detuvo y abrió la puerta de la jaula, un amplio corredor dejó ver al fondo, inmaculado y místico el dispenser de agua. Varios metros antes de alcanzarlo ya llevaba tres píldoras de fluoxetine bajo la lengua. Por ninguna razón podía dejar pasar el esclarecimiento de la situación.
       Tragó fuerte, luego de beber del vasito plástico, como quien se bebe una medida de whisky de un trago y sin respirar. Dejándose impregnar por el sabor insípido del agua,  de placebo sublingual o cualquier otro tipo de ostia. Cuando abrió los ojos el artista ya no estaba. Con dificultad creyó recordar que en el ascensor dijo que sólo lo acompañaría hasta ahí. Es decir, lo dejaba sólo camino al faro. Y que no olvidara algo importante. Algo vital había dicho, algo sobre la chica y los sueños. Sólo que cuando mencionó la frase lo vital era comenzar a abrir el frasco, empujando la tapita plástica por el dedo gordo con la parte de la uña.  Por otro lado comenzaba a sentirse lúcido, y la idea de ir en busca de la chica, aún fuese en el faro del fin del mundo, no era demasiado descabellada. Esta vez fue por las escaleras. No caería en la trampa perfecta del hueco del ascensor, pero caería en el recurrente falsete  de su pie izquierdo; con el cual recibió el primer peldaño y como estaba acostumbrado a pensar, "sólo otro izquierdo anula a un izquierdo", luego sí, un derecho, dos izquierdos más por las dudas, e ir alternado. Iba subiendo por las escaleras mirándose los zapatos como siempre, de una forma grotesca e indigna. El borderline lo sabía y lamentaba pero si equivocaba los pasos, si confundía un pié, estaba obligado a volver hacia atrás y comenzar a subir de nuevo.

        Llegó al faro exudando palabras en su mayoría ininteligibles. En el lugar no había nadie.  Tan sólo la enorme lámpara con su armazón metálico encapsulada por la noche. Vio las luminarias de la ciudad, las estrellas resplandecientes en el cielo. Recordó haberse asustado por no importarle perder la mitad de un diente esa mañana. Se dejó caer hasta quedar tendido en el piso apoyado contra el reflector mirando el cielo. Buscó en su saco el paquete de cigarrillos, pero en su memoria, con dificultad, descubrió que hacía días había dejado de fumar, de comer, de dormir y por decirlo de una forma poética: de soñar.

-Sabía que te iba a encontrar acá- dijo Miriam.
     Martín levantó los ojos y allí estaba la chica. Simple y hermosa diciéndole que estaba preocupada. Que era la Mirian de siempre.

-Si sos la de siempre, contáme como nos conocimos- dijo Martín.
-La historia clásica- respondió Miriam. Martín sonrió burlado y pidió que se la cuente.
- Un jardín- dijo Miriam- Pudiste arrancar  una flor cualquiera pero elegiste la violeta, porque duran más como señaladores en los libros. La puse en uno de Boccanera que llevaba en la cartera.
“Miriam lo miró con los ojos llenos de amorosos destellos, y tan divinos que sintiendo su fuerza vencida se quedó anonadado, y con los ojos bajos”

-Tenés que ser de verdad- dijo Martín reincorporándose del suelo.
-Qué.
-Que ésta vez tenés que ser real- repitió-  Hoy allá abajo, mientras daban el curso… vos parecías sentada en un asiento vacío.
-¿Cuánto tiempo pasó desde que terminamos?- preguntó la chica
-No sé- repondió Martín imposibilitado de cualquier estimación.

    Ahí estaba el bordeline, aún sentado en el piso. Iluminado por los ojos de la muchacha, por sus trescientas mil bujías de misterio. Por la cruz del sur imaginaria en sus pupilas. De pronto sintió que no importaban las palabras. Por eso se las dijo. Que quería embeberse de su cause, de su tiempo perdido, que quería ubicarla bajo la lengua como a la palabra siempre.

-No te van a dejar salir fácilmente- dijo la chica refiriéndose a la compañía que impartía el curso del subsuelo.
-Ya no importa- dijo el borderline besándola.
       Hubiera sido un espectáculo asombroso que se encienda aquella lámpara. Que su haz de luz corte la ciudad porteña como a una manteca oscura. La tentativa de develar lo difuso de cualquier luminotecnia.

-Tenés que irte Martín. Salir del edificio. Acá corrés peligro, vení vamos- dijo la chica y lo tomó de la mano llevándolo del faro. El bordeline volvió a un sentimiento aerostático que creía haber perdido para siempre. Como amarrado a una especie de heliotropo que lo transportaba, de teleférico sublime, de verdad absoluta. Se fueron besando, deteniéndose cada dos pasos todo el camino hasta al elevador, el borderline trepó las manos a los muslos de la chica, mientras la sumía contra las rejas de la jaula, deciéndole que ella era todo lo que podía soñar.
-¿Y si es verdad eso que decís, y es todo un sueño Martín?- preguntó la chica hablandole bajo la oreja.
-No es para nada una experiencia onírica, si es a lo que te referís.  Creéme- respondió el borderline presionándola contra su cuerpo.
-¿Y cómo podés sabér?, ¿por qué estás tan seguro?- Preguntaba la chica mientras le bajaba la cremallera del pantalón.
-Porque hoy no vi a Moby Dick cruzando la calle.
-Vaya forma de comprobarlo- dijo la muchacha metiendo su delicada mano.
-Es un método infalible. Sólo es posible darse cuenta al romperse las leyes naturales- dijo el borderline en pleno descenso y al tiempo en que la muchacha se llevaba su sexo a la boca para postular un nuevo big bang en el universo.

     Cuando el ascensor se detuvo en el piso nueve y la reja se abrió: la señora con cara de lémur, con un vaso de plástico en la mano, al ver al borderline con los pantalones bajos, escupió el sorbo de agua que acababa de llevarse a la boca. Lo increpó de sátiro, de asqueroso, y si el borderline no escuchó mal, de pajero.
 -Disculpe señora, no hay lugar- dijo el bordeline cerrándole la reja en la cara para continuar con el descenso.

      En el ascensor la chica sonreía, con un aire de inmoralidad poderoso que el sujeto borderline encontró encantador. Hubiese querido detener el tiempo para siempre, ese tipo de felicidad que sólo puede costarnos el alma.
-Cuando lleguemos a la galería corré Martín. Ellos no te van a dejar ir. Ese Benjamín es capaz de cualquier cosa- dijo la chica con tono de súplica.
-¿Y vos?.
-A mí no me va a pasar nada. Necesito volver al curso- dijo la chica y de su cartera sacó un bolígrafo y un papelito azul, dónde anotó un número telefónico con la inscripción “Miriam, el sueño de Martín”- es mi celular, llamáme en una hora. Y vamos a tomar algo.
      El ascensor llegó a planta baja. Por la reja el borderline pudo ver a los tipos de seguridad en el corredor principal que da a la puerta de salida. Benjamín comandaba por radio junto a una columna de granito en el hall.
-No puedo dejarte volver ahí abajo Miriam. No voy a perderte otra vez- le dijo el borderline a la muchacha y ésta pudo notar la convicción de aquellos ojos perdidos en el tiempo.
-Está bien Martín. Asómate primero y decime cuándo empezamos a correr- dijo y cuando el bordeline dio un paso fuera del ascensor cerró la reja rápidamente y presionó el botón del descenso- que no te atrapen mi amor, llamáme mañana cuando despiertes.
      Y el borderline gritó que no, que no vuelva al subsuelo, pero el ascensor ya no estaba y en su lugar había quedado un gran hueco oscuro. Benjamín y sus agentes lo habían escuchado gritar y venían con la decisión de dar con su captura. No iba a dejarse atrapar. Echó a correr por el pasaje oeste en dirección a la puerta que da a la avenida, pero volvió a caer en la trampa de sus pasos. Cuando notó que  las baldosas bajo sus pies cobraban diferentes tonalidades. Oscura con izquierda, blanca con derecha, los gorilas de traje ya estaban por alcanzarlo. No podía permitirse equivocarse un paso, porque volver atrás sería nefasto. Trastabilló cerca de la puerta y cayó de bruces a la vereda para levantarse rápido. Tuvo el impulso de cruzar la avenida pero se detuvo al cabo de algunos metros. “Miriam”, pensó, se escuchó una fuerte frenada y un categórico golpe.

La gente comenzó a rodearlo, desarticulado e inconsciente desde el piso parecía muerto.
- La puta madre -decía el taxista que lo había atropellado, agarrándose la cabeza- justo a mí me viene a pasar esto. Lo conozco.
-Usted conoce al herido- preguntó un oficial..
-Lo traje esta tarde, un pibe disperso. Parecía falopeado. No sabía ni adonde iba, estaba buscando a una piba, qué se yo. En algo raro debía andar.
-Respira. Cuidado al moverlo- dijo un paramédico- a la cuenta de tres lo subimos, una dos, tres.
-Está despertando. No te muevas gordo, te llevamos al hospital.  Pablo apurá un poco que está perdiendo mucha sangre el ñato.-  pidió la mujer paramédico
-Qué más querés, voy a ciento veinte.- dijo el chofer
-No tiene ninguna identificación- dijo la mujer paramédico inspeccionando la ropa, mientras la ambulancia daba bandazos- hay que avisar a algún familiar por la obra social. ¿Podés hablar gordo? ¿Cómo te llamás?.

       Pero el borderline no podía mover la boca siquiera, con un esfuerzo sobrehumano apenas señaló con su mirada hacia el bolsillo del saco, que la mujer paramédico tenía en sus manos .
-Hay un papel con un número de teléfono Fer. De una tal Miriam, ¿Te llamás Martín gordo?- preguntó la mujer a lo que el borderline pestañeó una vez- voy a llamar al número. Pásame el móvil Fer.
-Ya di el aviso al nosocomio Norita. Están preparando el quirófano.
-Está llamando-dijo la mujer paramédico- Hola, sí, buenas, ¿con la señora o señorita Miriam? La llamo de emergencias vial. Una persona que llevaba su número de teléfono tuvo un accidente. No tenía ninguna otra identificación…sí… su nombre es Martín, necesitaríamos… sí… no conoce ningún Martín. Es delgado un metro setenta siete más o menos, tez blanca, unos treinta años. Fue atropellado por un automóvil. Martín Valle, a ver, espere que le pregunto. Gordo, ¿tu apellido es Valle?.  Me dice que sí, le pediría si nos hace el favor de acercarse hasta…sí… la entiendo… cuatro años, la verdad que no tengo idea de donde lo sacó… estaba en un papelito azul en su bolsillo. Dígame  conoce a algún familiar…al hospital de clínicas.  Muy bien, muchas gracias, buenas noches.

-¿Qué te dijo Norita?- Preguntó el paramédico.
-Dice que hace cuatro años que no lo ve. Me preguntó de dónde había sacado el número. No puede acercarse al hospital ahora porque está cuidando a su beba y el marido está de viaje. Dijo  que mañana va a verlo, pero como está el pobre no sé si llega a mañana. Se está descompensando, va a haber que reanimar. El desfribilador Fer.
    Lo que sobrevino fue una batalla desesperada e imposible. Aún así el borderline… aún así Martín, logró ser reanimado de manera intermitente. Escuchaba la sirena, sentía un calor en todo el cuerpo, los sacudones del vehículo. Cerraba los ojos y volvía a apagarse todo. Despertaba y era la máscara de oxígeno; la cara de la mujer paramédico, que había dejado caer el pelo hacia adelante mientras le golpeaba el pecho.
-Vamos gordo, aguantá un poco, no te nos vayas- dijo la mujer
-Bajá la velocidad Pablo, vas muy rápido- dijo el paramédico.
-La bajo o la subo, póngase de acuerdo viejo- se quejó el chofer de la ambulancia.
-Y esto es lo más importante mi fronterizo amigo, preste atención en lo que le voy a decir- dijo el artista.
-Cuidado al doblar las esquinas Pablo, casi nos damos de frente con una ballena blanca- dijo el paramédico-
-Y... si hay un tránsito de mierda. Después no quieren que hayan accidentados- dijo el chofer de la ambulancia
-Dale che, no te nos vayas - dijo la mujer paramédico.
-¿Y cómo podés sabér?, ¿por qué estás tan seguro?- Preguntó Miriam.
- Es un método infalible- dijo Martín.
-Que no te atrapen mi amor, llamáme mañana cuando despiertes- dijo la chica.
-Ya está bien Norita. No hay mucho más que hacer. Apagá la sirena Pablo- dijo el paramédico – ya se nos fue. Anotá la hora.  Se fue tranquilo, mirá la sonrisa que tiene.

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