miércoles, 30 de noviembre de 2011

Antesala de desolación



        El Matón Brensen pasaba la aspiradora. Acomodaba uno a uno los almohadones con motivos persas del sillón. Meticulosamente deslizaba la franela amarilla sobre la superficie de una mesa ratona, que hasta hacía poco fue recipiendaria de bebidas y ceniceros colmados; por botellas de cerveza, papel glacé y pistolas cubiertas por  cáscaras de maní. Fue  una velada amena, salvo por el incidente de la Panadera con el “Tanque”  Gómez. Pero a Brensen le pareció que era justo y necesario intervenir. No sólo porque las circunstancias se estaban desarrollando en su departamento. Era el halo despectivo de la noche, la pizza oscura. La Panadera no era una mujer que pudiese medir sus palabras, ¿dije era? Debería decirles que murió una hora antes de que el matón Brensen comenzara a limpiar la sala. A ordenar el caos. No quiero significar que la Panadera murió ahí; es probable que ella haya estado muerta antes de llegar al departamento. Los acontecimientos posteriores solo se debieron a la inercia, a esa tendencia a continuar moviéndose y cambiar de forma que tienen las personas.
      El Matón estaba silbando, algo de Canaro supongo. En esa época le daba por ahí, por tararear tangos cuando arreglaba  el sillón, planchaba su camisa a rayas azules, o se peinaba. Nunca lo hacía cuando limpiaba el revólver por ejemplo, ni después de hacer el amor, ni cuando quería disimular ante la cana. Una vez- y esto lo supimos porque alguien lo contó en el boliche del viejo Iturbe- Brensen silbó Adiós nonino mientras le ponían un arma en la cabeza. Esa vez se salvó de milagro. Alguien no tuvo el temple o la osadía de matarlo. Su fama ya para esa época era notoria y “matar al Matón” podría ocasionar fastidios colaterales. Mientras volvía a otorgarle al departamento un orden en sus cosas, (y previamente en sus seres), el Matón reflexionaba sobre los principios de la belleza, echándole agua con el rociador a las hojas de una planta de plástico junto a la ventana, por dónde el sol comenzaba filtrar los primeros rayos. Era verdad, lo de anoche pudo haberse evitado. Que la Panadera haya estado borracha era una circunstancia accesoria. Que le haya pegado un sopapo al Tanque Gómez, hasta era un hecho previsible. Lo que vino después fue lo que dotaba a la situación de cierto desajuste. Pero debería empezar por la hora en que llegó la pizza  caliente y humeante. Por las dos de la mañana. La Panadera preguntó algo. Qué pizzería estaba abierta a esas horas o cosa por el estilo. Una, dijo Brensen. El Matón nunca fue de hablar mucho. El mayor número de sus palabras estaba destinado casi con exclusividad al ámbito de sus reflexiones interiores.
     Sin embargo le gustaba hacerse entender por sus actos, acababa de abrir la cerveza de un golpe seco frente a la cara de la Panadera, ofreciéndosela. Dándole a entender que beba, y que se mantenga callada. El Tanque Gómez siempre fue uno de esos tipos gordos con dificultad en la respiración. Y aunque se agitaba con facilidad, ese hombre grosero que acababa de morder media porción de pizza de un bocado, era uno de los tres  asesinos a sueldo más cotizados de la ciudad.
  Esa noche no hablaron de trabajo. El Tanque hizo alguna referencia a Racing Club. La Panadera bebía cerveza y de cuando en cuando se agachaba a la mesita de vidrio para tomar una línea de cocaína. Luego encendía un cigarrillo diciendo que no podía dejar el hábito, sin especificar demasiado a cuál de todos se refería.
     No te pasés Rubia, le decía el Matón y la panadera le echaba una mirada desdeñosa e inhóspita que Brensen ya conocía muy bien, sólo que ahora los ojos parecían otros, unos ojos baldíos como un pueblo fantasma. Entonces mejor hacer ladrar al perro gordo, pensó. Así pensaba la panadera cuando se ponía molesta. Y era mejor que no haya un arma cerca. Cómo la vez que le disparó al televisor o cuando quiso matar al gato del vecino. Por eso, mientras ella comenzaba a fastidiar al Tanque Gómez, Brensen iba apartando la Bersa calibre veintidós que la panadera había dejado junto al plato de maníes, por una distancia razonable. Hacer enojar al Tanque estaba lejos de ser una buena idea. El Matón recordó cuando lo conoció -Si bien hacía meses que se lo habían presentado en lo del viejo Iturbe- para Brensen conocer a un hombre era verlo disparar. Recordó una comida; habían asado a algún tipo de animal patagónico. No era un cordero, era algo un poco más grande,  como un pedazo de bisonte en mal estado y luego el tanque tomándose del estómago con ambas manos toda la noche. Cuando las patrullas comenzaron a llegar, el Tanque fue el primero en apostarse junto a la ventana con la pistola plateada pegada a la nariz. Fue el primero en disparar y si bien Brensen cubría sus movimientos, no esperaba en absoluto lo que sucedió, “me cagué carajo” dijo el Tanque. Para entonces el hedor era insoportable, por un momento el Matón pensó que sería mejor dejarse acribillar ahí afuera, que permanecer en las espaldas del Tanque. Pero éste estaba disparando como un condenado, con genuina inspiración estaba haciendo retroceder a los policías.
        Desde entonces entre el Matón Brensen y el Tanque Gómez, creció un sentimiento de camaradería, simpatía y respeto. Eso que en algunas esferas sociales llaman amistad. Y eso sucedió por cinco años, a pesar del dinero y la primera vez que ambos vieron la silueta de la Panadera en la lluvia.
      Entonces había que joder al perro gordo o algo así, continuaba pensando la Panadera. “ Gordo sos un hijo de puta” dijo “No te importa nada. Fue tu culpa y lo sabés” y era un guión que Brensen también había escuchado en esa relación. Era una referencia lapidaria al hecho de que ambos habían perdido un hijo. El tono de la Panadera era más bien el resultado de un automatismo; como si todo el tiempo se manejara con el ánimo de detonar cosas, de expresarse con recelo. Le gustaba saber hasta dónde podían llegar las personas. No siempre fue así. Hubo una época en que se interesaba por algunas manifestaciones del arte, cocinaba, amaba a las plantas.
    No es que el tanque Gómez haya querido ofenderla. A su modo todavía la quería. Le dijo puta por reflejo, como sacándose una telaraña de la cara, lo de borracha y falopera sí fue con la voluntad de herir, de instalarla en una realidad incómoda. Así fue que sobrevino el sopapo, seco y torpe sobre el perfil izquierdo del Tanque. Éste reaccionó como pensaba la Panadera, como un perro gordo y rabioso y con el revés de la mano, de un golpe medio, la tiró del sofá. La panadera quedó de rodillas sobre la alfombra, miró hacia la mesa de vidrio quizá buscando la pistola. El tanque se puso de pie y Brensen hizo lo mismo, se miraron. Brensen acomodó con levedad la cartuchera del revolver  bajo su axila. “Cuando se despabile mandala a casa. No la quiero venir a buscar” le dijo el Tanque, mientras miraba la mano del Matón alejarse de la cartuchera. Se bebió de un trago el medio porrón de cerveza y se fue del departamento. Brensen ayudó a la panadera a reincorporarse al sillón grande. Con un pañuelo le limpió un pequeño hilo de sangre que le pendía desde la nariz. Hubiese querido pasarle la mano por el pelo, pero no lo hizo.
      La panadera todavía estaba llorando cuando le dijo entre hipos al Matón, que en realidad aquel bebé era suyo. Cállate Rubia. No sabés lo que decís, andá a mojarte la cara mejor, el baño está donde siempre dijo el Matón y se sirvió una medida de Jack Danniels, para luego reclinarse en el sofá individual y al cabo de unos minutos quedarse dormido. Cuando despertó había pasado una hora y la Panadera aún no había salido. Fue a golpear la puerta del baño pero no contestaba. Cuando entró la encontró tendida cerca de la bañera con los ojos abiertos y unos papeles de cocaína por el piso. Estaba fría y blanca como siempre.
     Brensen entonces supo que tenía que pensar en algo. Que mejor sería ordenarlo todo antes que las cosas se compliquen más y comenzó a aspirar los residuos de la alfombra, a limpiar la mesa ratona. Y lo que sería aún más importante; a mantener la calma, silbar un tango mientras iba amaneciendo y rociaba con agua a sus plantas de plástico. Porque al tirar, lo importante es no estar nervioso para que no tiemble el pulso. Porque el timbre estaba sonando y por la mirilla podía ver al Tanque Gómez viniendo a buscar lo que le pertenece. Brensen lo sabía. Por ese olor a mierda que comenzaba a entrar por debajo de la puerta; por el niño muerto que andaba saldando deudas; por ese sol ingresando por la ventana tan hermoso y desolador.

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