viernes, 15 de julio de 2011

La piedra roja del sol






A propósito de unas crónicas del destino, a las que mi buen amigo Démian Suárez hizo referencia en su columna “Espesores” de la revista Vidrio; cuya edición panameña es poco más que memorable, y donde señala algunos hechos de notoria relevancia sobre el monumental imperio Inca. La última de las ostentosas civilizaciones indígenas americanas, que a pesar de las fortificaciones que la sobreviven hoy, ha sido muy corta (poco más de un siglo) y su condición de adoradores del sol, como es sabido desde la visión de Manco Cápac.
Suárez reflexiona sobre los sacrificios humanos practicados por los sacerdotes comunes, llamados Villca Humu, y el destino de un hombre blanco que hablaba una lengua extraña, a quien subyugaron en una gran piedra roja con forma de círculo, cuyo nombre en quechua es“Rumi puka yana”. Dicho artículo coincide en forma no demasiado leve con un hallazgo ulterior:
Revisando uno de esos anaqueles que se nos abarrotan con cuadernos y reliquias obsoletas, di con un pequeño libro sin encuadernación ni paratexto alguno; donde se narraban algunas travesías de un tal Joseph Donatien, de profesión Orador, que entre pescadores y pastores de cabras, extendió cierto día su popularidad y logró congregar a unos cientos de árabes en Omán, en el extremo sur-oriental de la península arábiga, donde en tiempos remotos revestían verdes paisajes de hierba fértil, pero que sin embargo los cambios de clima convirtieron en desiertos; por los cuales Donathien se internó en una procesión de cinco días; con un bastón de enebro y sin más aliciente que el proporcionado por una qantara forrada en piel de camello que cambió por su astrolabio a un viejo Hanif en una tienda de Nagpur, en el centro de la India (si bien hay quienes sostienen que el centro es Jabalpur).
Bajo el sol poderoso caminó por los médanos de Al-manadir, estoico a sus inclemencias, y a las tormentas de arena, más no así a los diáfanos espejismos propios del hombre. Los primeros tres días el profeta leyó en las formas del camino infinito el porvenir. En la cuarta jornada de peregrinaje, el desierto volvió a cubrirse de vegetación y las montañas extendieron sus vastos verdes, sus relieves inconmensurables donde también se levantaron pirámides truncas que acercaban a Dios. El sol que en apariencia menguó su tiranía, permaneció sereno y Donathien pudo ver la piedra roja por vez primera.
Hubieron momentos de espejismo donde el profeta bebía dos sorbos de su qantara y la alucinación cesaba; no lo espantaba el hecho de morirse de sed pero temía volverse loco. Donathien, que en la arena aprendió a leer el transcurso del tiempo y viceversa, si bien logró sobrevivir aquellos suplicios (habiéndose desvanecido tantas veces) poco creería recordar de los advenimientos revelados, o distinguir delirio de epifanía.
En el quinto y último día, mientras volvía a levantarse del suelo, como en un grandioso acto de valentía, recordó su nombre. Recordó una esposa; niños pescando a la vera de un arroyo. Alguna vez él también fue un hombre entre los hombres. Alguna vez amó la tierra, pateó a un perro, suturó una herida. Alguna vez Joseph Donathien tuvo una patria, bebió vino y concibió a su primer vástago sobre las pieles de un animal rumiante iluminadas por la luna. Recordó uno a uno los días mortales, o a la manera de los profetas, tuvo el recuerdo de otro. Finalmente recordó la piedra roja y circular donde sucedían las ofrendas bajo el sol. De esa visión había despertado antes de levantarse de la arena y saber su nombre.
Donathien se desenvolvía con fluidez en diversas lenguas. Como orador mundano conoció las cárceles, los dioses de piedra y las tumbas más ortodoxas o más inverosímiles que se multiplican y expanden en el ámbito de la tierra. No le fue extraño ser recibido por una muchedumbre impaciente. Buscó un lugar apropiado para dirigirse y dar su plétora y sólo encontró una gran piedra blanca, cuya elevación le pareció oportuna. Sin embargo, y en contraste con el artículo de Demian Suárez, el autor cita una roca “Profundamente blanca, de lados irregulares” a la que el orador subió mirando a los congregados con los ojos llenos de arena. Expone textualmente: “¿Y qué haría ahí parado sobre una plataforma lustral, sobre la lápida mas olvidada del desierto, sobre un metro cuadrado de piedra caliza; y en qué lengua hablaría,?, ¿Se extraviaría como en el desierto entre la lengua de un dios y la locura?”
Sabiéndose  partícipe de las minucias de un profeta en la arena, ensayó su discurso en por los menos tres diferentes formas, en principio inaudibles, teniendo el ímpetu de no desvanecerse. Ni siquiera se apremió de movimientos bruscos. Su mano izquierda se prendió a su toga harapienta con mansedumbre; con la derecha sostuvo el bastón de enebro, y cerró los ojos un momento, volviendo a recordar acaso más débilmente que su nombre era Joseph Donathien. Con alivio respiró un jirón de aire limpio y sin más preámbulos dijo que no profesaría las próximas lluvias. Hablando un árabe azaroso se dirigió a unos cientos de sunnitas que acataban islamismo y sólo interrumpió su discurso cuando equivocó Alá por Inti, y volvió a dar dos sorbos a su qantara. Continuó exhortándolos bajo el sol sin tiempo, por unos cuantos minutos; hasta que una piedra le trepanó la frente como una ventisca y cerró los ojos nuevamente. Al abrirlos vio a un muchacho agitando su puño, a un anciano que gritaba, vio a una mujer con un niño en brazos inclinándose para juntar piedras.
Prosternado y ensangrentado no le fue indiferente su propio destino. Dilapidado en su recinto de granito albo, que comenzaba a teñirse gradualmente, tuvo otra visión efímera de la piedra roja, justo antes de levantar su vista al sol por última vez y desvanecerse sobre ella.
El artículo expuesto por Demian Suárez en la columna de la revista Vidrio, de alguna manera es análogo a la historia que les he referido; o dicho de otra forma: no es ajeno a aquellas circunstancias, y hasta en cierto modo se solidariza quizá con dos episodios de un mismo hombre.

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