miércoles, 27 de octubre de 2010

El Reloj Suizo







Capítulo 1
La niña prodigio


      Se dice que la niña prodigio escribió su primera novela a los diez años, y a los doce brindó su primer y último seminario (surrealista) en un salón de eventos que tenía un gran parque repleto de coníferas y pasajes arbóreos; donde entre nieblas, se perdió para toda la vida. Las personas que asistieron a aquella velada literaria, narran diferentes acontecimientos no del todo esclarecedores del suceso.
     Algunos conferencistas, postulan que la niña era perversa. Que había desarrollado un exacerbado sentido del cinismo. “La niña ácida” fue el nombre con el que encabezaron el artículo en la revista literaria de Belgradillo “Steel Irony”. Dirigida por la elite de escritores de la ciudad, conocida como los “Caballeros Irónicos”.
     Aquel reportaje curiosamente no fue realizado por el mencionado grupo de elite. Sino por uno de los poetas del bajo Belgradillo, un profesor de arte llamado José María Habichain, quien un tiempo después de la misteriosa desaparición de la pequeña; se fue de Buenos Aires para radicarse en Madrid.
   El título que Habichain había elegido para aquella nota era “La niña prodigio”, nombre cambiado por los Caballeros Irónicos a “La niña ácida” razón por la cual Habichain no sólo renunció a la revista, además le sacó dos dientes de un puñetazo a su lungo editor, Alexander Martín Díaz.
    Boydelle, escritor de “culto” de Belgradillo, y serio aspirante a cadáver, fue el único de los literatos del bajo Belgradillo que llegó a conocer mejor a la niña. Ésta había leído el policial negro “Desajuste de cuentas” -único libro publicado por Boydelle hasta la fecha- y que fue una gran inspiración para ella. Hubo incluso una relación de padrinazgo, siempre a través de cartas; donde Boydelle le daba algunos consejos sobre cuestiones de estilo, a los que la niña respondía en otras misivas, señalando las líneas contradictorias.
      La pequeña era nieta de doña Agustina Chartier. La más prestigiosa de los literatos que ha habido en la ciudad. Nació un martes a la noche en la cocina de su casa, mientras su padre miraba televisión en la sala. Bajo un signo zodiacal de agua y del único nombre de “Lauriana”. La tragedia sacudió pronto a la familia Chartier. Con la llegada de aquella nueva vida, progresivamente se fueron restando otras. Al poco tiempo de haber cumplido los dos años, Lauriana sobrevivió a un accidente automovilístico en el que sus padres perdieron la vida. Desde ese terrible acontecimiento quedo bajó los cuidados de su abuela Paterna, doña Agustina.

Fragmento de los “Últimos diarios de Chartier”:

“…ahora me mira con una seriedad que lo juzga todo; que corrompe todos los estantes de la biblioteca y el despacho (todo), mi máquina de escribir está temblando, mi sismógrafo de escribir. Lauriana tiene el pelo castaño de su madre, y de su padre los ojos cobrizos y tristes. Está bajo el escritorio y me mira, mi chiquita. Cuando crezca tendré que contarle toda la historia familiar, si aún estoy viva. ¿Dije cuando crezca?, ¿por qué esperar?”.
    Agustina Chartier, tras haber pasado unas semanas de internación en el hospital municipal de Belgradillo, murió súbitamente de una complicación renal, estaba sola y llevaba semanas en un estado repentino de demencia senil. Dos meses antes, dejó una serie de indicaciones sobre el futuro de su nieta.
    Para entonces la niña con tan sólo siete años, se refugió en la  biblioteca de la casa.
   Lucía Venancio, más conocida como "La Portorriqueña" era la madrina de Lauriana y se encargó de ella desde entonces. Como lo había dispuesto doña Agustina antes de morir, instalándose en la vieja casona Chartier. Una propiedad amurallada cubierta prácticamente en su totalidad por enredaderas de hiedra. La Portorriqueña procuró estimular aquella inteligencia precoz- de la que Chartier vislumbró y tomó notas en sus últimos diarios- siendo su guía en los libros aún a tientas; ya que no era de ninguna manera especialista en el tema, y haciéndola tomar clases de piano como señaló su abuela en las instrucciones que dejó desde el hospital. “Muñeca Rusa” se llamó la primera novela que la niña prodigio escribió a los diez años (sólo se imprimieron cien ejemplares). Hubo además una segunda novela escrita a los doce, que es un misterio del que poco y nada se sabe. Al principio, la elite literaria mantenía algunas sospechas sobre el origen de aquellas letras. Llegaron a pensar que la obra en realidad había sido elaborada por su tutora portorriqueña. Esto lo dio por descartado el propio José María Habichain durante aquella única entrevista que le realizó a la niña prodigio, en presencia de la portorriqueña; “una muchacha de unos veinticinco años, silenciosa y distraída, sin ninguna inquietud literaria” diría de ella Habichain cuando los caballeros irónicos preguntaron qué impresión le había dado aquella mujer.  
     En la siguiente nota, se narra textualmente la entrevista realizada por José María Habichain, a la niña prodigio Lauriana Chartier; registrada en una cinta magnetofónica de un viejo grabador, el día 22 de Junio del años 2001. Debido a la abrupta y enfática edición que sufrió el reportaje por parte de los directores de la revista Steel Irony, la presente, es una transcripción en crudo del relato original:
Probando, dos, tres. CLOC

Mi nombre es José María Habichain. Estoy en la puerta de la casona Chartier. Me sorprende la espesura de la hiedra trepada a los paredones. Es 22 de junio el día está gris y el viento sopla fuerte. CLOC  
      Fui recibido por una muchacha morena de algo más de veinte años. Se presentó como Lucía Venancio, la tutora de la pequeña. Me pide que tome asiento en la sala. Ahora se dirige por ella a su recamara. Dijo que la niña Lauriana estaría lista en unos minutos CLOC

-El grabador ya está corriendo, espero no te incomode demasiado Lauriana. Me da mucho gusto poder entrevistarte. CLOC
-Te decía que en verdad me gustan mucho tus libros; y poder estar acá para que hablemos de ellos es… CLOC
-Bueno ahora sí. Puedo advertir que el espíritu lúdico no se pierda con la madurez mental- También me parece importante no perder… CLOC.
…CLOC.
    La niña ya me apagó el grabador cuatro veces. En cada una de ellas utilizó expresiones de su rostro distintas. En la primera una leve mueca de pena. En ésta última, como de felicidad. Dijo que iba al baño. ¿Será ésta la misma piba de la que me habló el Negro Boydelle? CLOC.
-Lauriana, me gustaría saber cuáles son los primeros recuerdos que tenés de la literatura.
-¿Puedo llamarte José María?
-Si, claro.
-Verá usted señor Habichain; yo creo que todo recuerdo es literatura.
- Eso es muy probable Lauriana. Yo me refería al primer libro que leíste por ejemplo.
- No Habichain, el primer libro no pude leerlo. Me lo leyeron. Tampoco sé si era un libro. A mi me parece que me contaron una historia; seguramente mi abuela, ahí está. Agustina relatándome alguna anécdota familiar.
- Tenés doce años de edad cierto?
- Cierto.
- ¿Qué cosas te gustan además de escribir? ¿tenés amigos? ¿salís a jugar con ellos?
- Tengo amigos. Salgo a jugar con ellos.
- Nosotros tenemos un amigo en común, Boydelle…
- Ese negro es un idiota. No ponga eso. Lo dije ahora porque estoy enojada con él. Tenemos diferencias. Él quiere morirse y yo no quiero que lo haga.
- Estoy de acuerdo en eso Lauriana. Y también sé que Boydelle te tiene un aprecio enorme. CLOC
La niña volvió a apagar el grabador. Me dijo que me mintió, que no tiene amigos ni sale a jugar, que tenía que ir al baño de nuevo CLOC.
- Cuando salió tu novela “Muñeca Rusa” vos tenías unos diez años, recuerdo que el desconcierto general en Belgradillo era notorio, y que se dieron lugar algunas críticas en las que ponían en duda tu autoría de la obra mencionada. ¿Qué pensabas vos de todo eso?
- Y….yo pensaba lo mismo. Con la diferencia de que yo creía que el libro había sido escrito por alguien que nunca  llegará a ser Carver o su editor al menos, o Chandler, Kafka o Poe; que no podría ser escrito por Agustina Chartier ni por el Negro Boydelle. En cambio la “crítica” se limitó a adjudicar el libro a mi madrina Portorriqueña que es modista de profesión. ¿Usted no cree que los editores de su revista sean unos idiotas Habichain?
- Yo creo que tenemos mucha suerte de contar con un talento joven como vos en Belgradillo. Vas a dar una conferencia el mes próximo en el salón El Mirador. ¿Tenès pensado de qué vas a hablar? ¿podrías darnos un adelanto?
- Usted señor Habichain... es el mejor poeta que dio la ciudad. Eso lo sabe cualquiera. “Brillangema” es uno de mis libros favoritos. Pero su revista está dirigida por unos...(piensa un momento) señores necios y petulantes. Quería dejar en claro eso, doy la entrevista para conocerlo a usted. Yo soy la que quisiera preguntarle cosas, si Brillangema fue dedicada a su mujer muerta en la forma en que  dediqué Muñeca Rusa a mis padres. O cómo conoció a Boydelle; por qué se queda en Belgradillo, si lo que usted desea es irse muy lejos. Lo que vos querés José María.
- (suspiros)… escucha lo que te voy a contar. Hubo un tiempo en que yo tenía tu edad. No era prodigio de ninguna manera; era más bien retraído y en el colegio mi maestra de lengua se llamaba Agustina Chartier… esperá que apago ésto y nos quedamos hablando. CLOC



Capítulo 2
Azul oscuro

        Expulsión. Palabra que ahora cobraba un sentido apocalíptico, dichas de ese modo por el señor Liceo Céspedes: Eminencia académica; patria potestad de todos los respetos. Ahora repite la palabra expulsión pero con más calma. Ojiva nuclear que ése hombre-colibrí deposita sobre los párpados bajos, del ahora ex alumno del Instituto Superior Brian Larrose, Mauricio Insúa: quince años, distraído. Se toma la cabeza, piensa en cuándo dejará de hablar el señor Céspedes; no porque carezca de razón o elocuencia. De hecho Mauricio reconoce que el discurso es inspirador. Pero ahora debería callarse. Dejarlo pensar en qué va a decirle a la tía Ruth. Cómo explicar todo el aparejo de circunstancias adheridas a la palabra expulsión.
-¿Usted se da cuenta el sentido de lo que le estoy diciendo alumno?- preguntó el señor Céspedes desde su sillón café del despacho directivo. Es calvo y de nariz aguileña compungida.

- Ex alumno, parece- señaló el muchacho- créame que entiendo todo eso que me dijo. Hasta las cosas que dijo mientras yo pensaba en la biaba que me va a querer dar mi tía. Creo que hoy voy a pasar una linda noche bajo las estrellas.

    El señor céspedes suspiró. Se quitó los lentes y comenzó a limpiarlos con un pañuelo multicolor que estaba arrugado sobre el escritorio; y que Mauricio encontró inapropiado por ridículo ante tales circunstancias. Se incorporó del sillón y miró por la ventana que daba a uno de los patios.

-Lo que usted cometió ésta tarde, señor Insúa- decía el director Céspedes sin dejar de mirar por la ventana- no sólo fue una ofensa a ésta institución. No podría referirme únicamente a éstas paredes; limitarme a la infraestructura, a nuestros profesores, los alumnos y sus familias. Éste triste acontecimiento señor Insúa; es una mancha ante los ojos de Dios. Y lo que intentó hacerle a esa pobre muchacha… Usted tiene el alma oscura Alumno. En la junta sólo un profesor habló en su favor. Eso no pinta muy bien su desempeño en éstos dos años que estuvo en el Larrose. En el reglamento interno del instituto lo dice muy claramente, usted se ha ganado la expulsión.

    Y estaba muy claro. Oscuro, pero perfectamente claro por lo demás. Ser echado del Larrose, fue para Mauricio (un becado) algo así como perder su oportunidad de salir del alcantarillado social “…de la alcantarilla interior…” pensó el joven Insúa paladeando la frustración en la oficina del director.

     Por otro lado estaba libre de lazos afectivos. Un record asombroso: ni un sólo amigo en dos años. Detractores varios sí; con los demás compañeros no había una comunicación fluida. Era de alguna manera intermitente. Encontraban a Mauricio con la acidez que pueden llegar a tener unas baterías reventadas. Por alguna razón nunca terminó de caerle bien a nadie; “y esa rubia del final, que casi me da vuelta la fracción con su exponente negativo” pensó Mauricio casi con alivio.

      Sólo al profesor Habichain recordaría con alguna sonrisa. Rememoraría sus “trucos” para hacerle entender, (aunque Mauricio no tenga ganas de ello) sobre el Helenismo o el Gótico; o un nombre que él encontraba tan estúpido como “Rococó”. Pero el profesor Habichain ahí nomás se daba cuenta que lo de Mauricio era otra cosa; y le pasaba algún libro que considerase pertinente. El último había sido uno de Miguel Angel Bustos: un poeta desaparecido en la dictadura y que a Mauricio le pareció algo así como un hermano en el tiempo. Es lo que el ex alumno Mauricio Insúa se va a llevar como buen recuerdo del Brian Larrose.

       No obstante en cierto momento el señor céspedes le había hecho una pregunta. Justo cuando Mauricio pensaba en Habichain y el libro de poemas de Bustos. Una distracción de tantas. Y ahora Céspedes vuelve a repetir la pregunta, que para el alumno Insúa parece totalmente fuera de contexto.
- ¿De qué color se piensa que es?, respóndame por favor.- mandó el director.
¿De qué color será que cosa? piensa Mauricio. Qué importancia podría tener el color de algo, siendo que lo estaban echando, no sin antes darle un sermón papal-fidelcastrense.
- Azul- respondió Insúa- azul muy oscuro.

- No se haga el payaso Insúa. Yo los conozco muy bien. Ustedes se piensan que el mundo es color de rosa. El mundo: o es blanco o es negro señor Insúa. No se camina por los grises con inocencia. El bien y el mal son conceptos que hasta usted reconocería.

“Hasta yo los reconocería” balbuceó Mauricio, y mientras el señor Céspedes continuaba con su enseñanza aristotélica sobre los principios del Hombre; Insúa meditaba sobre las razones que lo habían llevado ante tales circunstancias:

     Eugenia era la muchacha más hermosa de todo aquel establecimiento educativo. No parecía pertenecer a las simples esferas mortales de las demás jugadoras de voleibol. Pero en cambio su corazón se volvía paulatinamente negro, y en esas tonalidades opáceas radicaba su embeleco. Podía importarle un comino la suerte del compañero Insúa o cualquier otro.

     Los hechos fueron más o menos así: Durante una hora libre en que Mauricio se encontraba en las gradas del campo de deportes; leyendo un libro que le fue prestado por el profesor de arte José María Habichain; una hermosa muchacha del último año se sentó junto a él. Al principio, no la reconoció. El sol daba justo sobre esos lentes negros que Mauricio llevaba con obstinación, y la chica parecía una nebulosa luminosa estallándole en la cara. Luego acomodando sus gafas veía a la imagen recuperando un rostro. Una silueta con fragancia y pudo reconocerla. Era Eugenia. No recordaba el apellido; era de esos apellidos compuestos de ascendencia holandesa, como Van der Vaart o Van der Harr ”.

-Vos sos raro- dijo Eugenia.
- ¿Perdón?
-Que sos medio “Anti”. Siempre estás leyendo solo.
-Ah- alcanzó a comprender Mauricio y señaló:
- No es muy diferente a leer acompañado. ¿Tus padres se separaron?
- Qué te importa- dijo Eugenia sorprendida por una pregunta así.
- The princess and the frog.
- Sabés mi nombre. ¿Y el tuyo nene?
- Me llamo Mauricio. Eso que estás fumando es…
- Sí, es… ¿te importa?, ¿me vas a delatar? ¿Por eso me preguntaste de mis padres?
- En parte. Das con el tipo de chica rebelde. Es decir; quizá querés llamar la atención y esas cosas. Tu pelo casi te cubre la cara; las sombras de tus ojos los hacen más oscuros; las uñas negras y aquel grupo de allá con el que te juntás- dijo Mauricio señalando con su cabeza donde un grupo de estudiantes del último año reían y los observaban divertidos.
- Ellos son mis amigos. Está todo bien, pero a veces me aburren. Vos no parecés de tercero. Pareces mayor. ¿Tus viejos también se separaron?- preguntó Eugenia pitando suave el porro y conteniendo el aire. Mauricio se sonrió, o hizo un gesto muy parecido a una sonrisa y pensó:

    “Y que ésta rubia sea mi leal nurse terrenal. Mi ángel hembra; y cerrar amorosamente los ojos a una intimidad necesitada de sus atenciones. Que me cure de ausencias, en modista estratagema costurera, que me cosa de nuevo la cabeza al cuello”.
     Ese día supo que un simple jumper, y unas piernas cruzadas en el lugar perfecto, puede volarle la cabeza a cualquiera. No sólo eran las piernas, ni el modo de cruzarlas, ni el oportuno principio de constelación que posee la sumatoria de algunos elementos heterogéneos; que recrean un fenómeno único al unirse de un modo absoluto e inexplicable. Se maldijo por reflexionar tan profundamente en algo tan superficial.

    Eugenia dejó un momento el porro prendido descansando sobre la grada. El señor Céspedes iba con dirección al campo de deportes. Siempre parece caminar mirándose la punta de los zapatos; pero en realidad aguza sus sentidos; y aquella vez el olfato le hizo levantar la vista a las escaleras, donde Eugenia de inmediato se percató de la situación. En cambio Mauricio seguía sosteniendo mentalmente el principio de incertidumbre, dada su reflexión sobre las piernas cruzadas de la chica.

     Contradiciendo toda lógica fue lo del beso. Pudo haber sido alguna extraña apuesta con alguno de los mequetrefes que los estaban mirando. Quizá Eugenia sólo quería disimular ante el eminente y calvo rector del Larrose. Desviar la atención de aquel cigarrillo ilegal que comenzó a apagar contra el tablón en que estaban sentados. O tal vez se trataba de una especie de soborno a Mauricio, un beso extorsivo.
El beso de Eugenia, se dijo. Como fumar un cigarrillo fisurado al medio. Como respirar en un tubo de pvc. De todos modos no importaba. Esa muchacha dos años mayor que él; ninfa de cabellos dorados y ojos de un azul predestinado al misterio. De una mirada sin compromisos con el tiempo; con un contradictorio aliento a tabaco, menta y marihuana lo estaba besando. Lo estaba haciendo surfear. Le movía la tabla con su oleaje amarillo, de pelo y luminarias.

       Así fue como el señor Céspedes los sorprendió. Los increpó por el comportamiento ilícito y llegó a la conclusión -sin tener que hacer demasiadas preguntas- que el medio cigarrillo de marihuana que encontró junto a ellos, pertenecía al siempre sospechoso alumno Mauricio Insúa; quien dicho sea de paso comenzaba a acariciarle una pierna a la Alumna Van der hart, llevado acaso por el “Por un impulso de lascividad, siempre propiciado por el consumo de estupefacientes”, diría luego mirando desde su ventana calvamente  de su despeño directivo.
      Antes de salir de la oficina del señor Liceo Céspedes, Mauricio había hecho por lo menos dos cosas considerablemente estúpidas:
       En un lapso de tiempo -en que el señor director miraba hacia el patio por la ventana- Insúa substituyó el medio cigarrillo de porro que Céspedes exhibía sobre una carpeta como prueba irrefutable; por el capuchón blanco de la birome que llevaba en el bolsillo. Y en segunda instancia untó el ridículo pañuelo con el que el señor Céspedes limpiaba sus lentes, en el matasellos azul oscuro sobre el escritorio. Demostrando así de forma absurda por lo menos dos cosas. Pensaba por un lado que es posible confundir las apariencias; intercambio de elementos que se conectan para no decirnos nada. Segundo pensó imaginando al Rectos fregando con el pañuelo esmeradamente para intentar cambiarle el color al mundo.
    Así fue como Mauricio Insúa, con el blazer azul al hombro; la corbata en una mano y el bolso pendiendo de manera incómoda de su cuello, se alejó del Brian Larrose para no regresar jamás.

     No creyó oportuno volver a casa tan pronto. Más bien se trataba de una de esas situaciones que necesitaban cierto análisis. Una reflexión. Un balance de sumas y saldos. Cuando pensó esto último sonrió; recordando que sacó un dos en contabilidad.
En su bolsillo encontró el cannábico cuerpo del delito, “La tuca de la expulsión” pensó en voz alta. Entonces ya no importaba demasiado el bien y el mal, dilucidar la línea era otra cosa; pidió fuego a un hombre con cara de buena gente, que esperaba en la parada de colectivos, y que no dejó de sorprenderse al ver lo que estaba encendiendo ese joven estudiante; y por primera vez en sus quince años Mauricio fumó. Sin intenciones de reparar mucho en el asunto. Solo hacerla como quien desdeñosamente quiere ensuciarse más.

  Entró al snack bar de una estación de servicios y pidió un café con medialunas. Se dijo a si mismo que todavía no quería pensar demasiado. Se trataba de su primera experiencia con porro y todavía "estaba volando”. Una leve distracción lo relajaría. Tomó un diario y se sentó a esperar su ansiada merienda.

- Flaco, tu orden- dijo una voz al cabo de unos minutos- tu orden, flaco- repitió.
    Mauricio por alguna razón mantenía sus ojos fijos en el diario; en la sección policiales. El empleado del autoservicio tomó la bandeja desde el mostrador y se la acercó a su mesa. La apoyó y le hizo un chasquido de dedos ante los ojos.

- Estabas viajadísimo flaco. Acá tenés el pedido. Ah, estás leyendo lo de la piba inteligente- señaló asomándose a su página del diario -Un misterio che- agregó.
- ¿ Que pensás que le pasó?- preguntó Mauricio despojado un poco de su actual situación de expulsado.
- Y, se dicen muchas cosas. Desde que se la comieron los perros salvajes de las vías; hasta que la agarró el “Loco” Sepúlveda. Aguantáme un segundo- dijo el muchacho y se fue a atender el snack bar.

      Mauricio continuó leyendo:
        En el diario decía que la piba había escrito dos novelas; que se perdió en el parque de un salón de fiestas lindero a las vías del tren de Belgradillo; que tres días de búsqueda y nada. Hablaban de la maldición de los Chartier. Un artículo en que recordaba un reportaje hecho a la niña por el profesor Habichain ¿?.
Mauricio merendaba mirando la fotografía de la niña. Había algo en esos ojos de avellana. Algo que persistía, porque entonces Mauricio apartó la mirada del diario y contempló por la ventana la tarde que se estaba oscureciendo rápidamente; y aún así, seguía influenciado su ánimo por aquellos ojos tristes de la chica desaparecida.

- ¿Quién es Sepúlveda?- preguntó el chico Insúa al empleado del mes.
- Le dicen “El loco de los trenes”. Un violín, un asesino. Hace bocha que lo buscan. Anda por las estaciones. La piba agarró para el lado de las vías. El vestido con sangre lo encontraron cerca de un vagón. Me voy a seguir atendiendo a la gente.

       La tarde no sólo había comenzado a nublarse; sino también el viento levantado era considerable. En el diario decía que llovería de gran forma. El hecho de haber comido y el tiempo transcurrido disminuyó los efectos tóxicos en su organismo. Entonces sí recuperó la preocupación por su propia vida y dejó de fascinarse por la historia de la joven genio llamada Lauriana.
      Insúa volvió a pensar en la Tía Ruth. Ella se había roto literalmente el culo para pagarle media beca en ese colegio “Pituco” (Ruth usaría esa palabra). Y que ¿así le pagaba? ¿con una mierda así?” ¡Así me pagas Mauricio! le diría a los gritos; y además considerando la causa-efecto lo trataría de fumón y ya que está falopero. Entonces sí “Cartón lleno”, “El vago de Víctor”, “La loca de Aurora” y “El drogadicto de Mauricio”. Diría que ella labura toda la noche en el “Club” como le dice la tía Ruth a un cabaret del bajo Belgradillo llamado Spop Girls. Que es “La única que para la olla en ésta casa” y los sucesos para Mauricio se hicieron tan previsibles que trató de posponer un tiempo más esa realidad tan incomoda que le depararía el regreso a casa.




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