miércoles, 25 de agosto de 2010

La novia de Flavio













“Y si un ángel golpea a la puerta
en el preciso instante en que una flor seca
se abre para suicidarse y una mariposa se posa en las hojas
de un libro que cierro;
no será esa la constelación de ésta noche.”





Cuando la madre de Flavio cerca del mediodía entró al cuarto de su hijo; miró de soslayo el torso blanco de una mujer entre las sábanas. Flavio boca abajo abrazado a la cintura de esa efigie inmaculada dormía. No quería interrumpir, pero era su manía de madre luminosa abrir las persianas, ventilar. En primera instancia le llamó la atención la cabeza de la chica, perfectamente calva. Luego sospechó de su infinita blancura, de su piel refractaria hacia la luz que entraba desde la ventana. Definitivamente no era la chica bajita y alegre que se quedaba los viernes. Estaba por salir de la habitación cuando sintió la necesidad de acercarse un poco. Se acercó despacio, como una leona que huele una cría ajena; pero no había olor, lo sospechó de inmediato. No sería sencillo de explicar lo que sintió después, cuando se aproximó por fin a los ojos, y notó que éstos estaban completamente abiertos, duros y de una opacidad verde. Toda la mujer que ahora estaba abrazando su hijo, y que la resolana que entraba por las ventanas desnudaba era de cera. Un maniquí en su cama.


A la una Flavio bajó a comer. Le dolía terriblemente la cabeza por la resaca, por no hablar de los magullones en el resto del cuerpo: y haber despertado junto a un maniquí lo dejó turbado.


Quizá porque tenía veinte años y se sentía algo así como un alienado social; sumado la lectura de demasiados libros de gente que se había vuelto loca o suicidado.
Y había una fibra vibrándole con angustia el pecho, no una fibra, “Más dura” se dijo, “La cuerda tensa de un laúd, ahí está”.


Intuyó que su madre sabía lo del maniquí. Lo notó en la forma en que servía la comida, en que rumiaba por todo. Y es cierto, ésta no fue como la vez que lo pilló besando el póster de Asia Argento a los quince años; para aquello también hubo una explicación, más o menos congruente. Pero no quería pensar en eso; bajo su cara había un plato humeante, rezumando legumbre.


- ¿Qué te pasó en la cara Flavio?- le preguntó su madre- Enrique, ¿viste el corte que tiene en la cara tu hijo?


Padre no hablaba, padre levantaba su cuchara y leía el diario, inhóspito padre dijo: “Que barbaridad” sin dejar de comer ni de leer su diario. A Flavio le hubiese costado responderle a su madre, (en caso que hubiese querido hacerlo), ya que no podía recordar
nada. No había sido una embriagues ordinaria; ésta supo tener una cultura milenaria, una borrachera para borrar el mundo. Miró un titular en el diario de padre. Algo había pasado en el centro, a una mujer le había pasado algo terrible. Las otras noticias eran ingrávidas. Anoche había bebido de gran manera y comenzaba a recordar flashes.
Entonces cayó desde su cara al plato humeante, la razón que lo llevó a saltar a la alcohólica garganta del diablo: “la Tanita”, colibrí vespertino que le chupaba el néctar de los ojos, dulzura gris.


Definitivamente ahí había decidido emborracharse, pero ¿por qué un maniquí en su cuarto?
Encontrar a la Tanita, sí esa chica menudita, que a mamá le gusta tanto por simpática y correcta en el preciso instaste de copula; en pleno ligamen pélvico con un fulano. Sí, eso podría explicar muchas cosas, lo de los whiskys por ejemplo. ¿Cuántos habían sido? ¿diez? creyó recordar haberlos contado.




Emma dijo que prefería quedarse para hacer el balance, que más tarde llamaría a un radiotaxi. Le gustaba sentirse autosuficiente; sobre todo desde el accidente que la incapacitó y la obligó a usar una silla de ruedas. Dedicarse al negocio de ropa se volvió algo así como su isla. Silvia dijo que tenía que ir a buscar a su nene al jardín. Emma le pidió que cerrara con llave al salir, y se quedó reordenando los cuadernos de los cajones. Silvia es su socia; y estuvo de acuerdo no obstante no salió de la galería sin llevar en su rostro un dejo de preocupación.
No pasó mucho para darse cuenta que su carterita no estaba. Es decir: ahí estaban las llaves y el teléfono. Seguramente lo habría metido en el bolsón de Silvia por error, ella lo advertiría y vendría a buscarla. Un sistema de engranajes reflejos.
Luego del balance, para pasar el rato se puso a cantar por el parlante que ubicaron para ornamentar la vidriera. No cantaba nada mal, era una canción japonesa que realmente impresionaba. Primero sus ejercicios, arquear su cuerpo para atrás, respirar profundo, como le había enseñado la señorita Elsie. Aunque con la silla era diferente, debía esforzarse un poco más para llenar el diafragma, hiperventilar con su aliento todas las vías respiratorias, y cantaba. Eran unos openings de animé y como hasta el sex shop había cerrado y ya no estaba su dueño; un tipo llamado Aldo que la miraba de esa forma que la incomodaba tanto, era un ejercicio liberador. Sólo las violáceas luces tenues de algunos anuncios, y las luces dicroicas le daban a la galería cierto aire de “teatro under”.




"El whisky de Flavio tiembla, en el vaso que vibra, en la barra de una mesa desnivelada, cuyo asiento desnivelado compensa involuntariamente su visión desnivelada; que tiembla en el filoso borde de la licorería."


Un mundo puede perfectamente quebrarse al medio. Y ahí estaba Flavio con el alma ardida. Pensando “amor” sabiendo que nunca iba a dejar de pensar a la Tanita hasta la psicosis; que le habían puesto en su plato el veneno más rico del mundo y ya no estaba. Le dolía el desequilibrio, lo que el sentía por la Tanita dolía. Hasta le quemaban las manos sin ella. Pensó en su risa, su sentido del humor, la manera de levantarse de las mesas de los restaurantes e ir caminando hacia el baño. Su pelo algo alborotado pero hermoso y en eso iba cuando llego el tercer vaso.


Es verdad, un poco le dio por las bolas verla ahí, tapándose las tetas con las sábanas, como si nunca se las hubiera visto; y al otro que lo miraba, como si lo fuese a cagar a trompadas o algo así.
Algo así… algo que no exista, pero algo que al mismo tiempo te toque la cara en un sótano oscuro; algo como una telaraña atravesada en el momento en que la distracción te inaugura un parque de trivialidades mentales, y al besar el atroz abdomen de su tejedora, (con la plena inocencia de quien ignora caminar en lo impuro) padecer la torsión facial de una mueca de espanto. Habrá que escupir la araña, cepillarse los dientes con una oruga peluda, hacer buches con el quinto whisky o aguarrás.


Pero no, lo de Flavio no pasa por el alma al principio. Entra todo en el orden metabólico. La nausea sartreana, la licuadora amalgamando el entripado. Su estómago se satura y luego una fuerza centrífuga va moviendo su hélice lentamente, como al comer una ensalada de fotografías en mal estado. Entonces ve a la Tanita en cualquier mujer, en cualquier objeto. Símil hembra, en la sombra de un gato, con la mirada indiferente y toda la imagen girando.


Se dijo que no tuvo mucho tiempo en reparar en el tipo que estaba junto a ella, eso sí, recordó una espalda grande y velluda, un reloj plateado que parecía ser la única prenda que ese sujeto plantígrado no se había sacado.


Un vaso cayó al suelo, fue un relámpago quebrado como un hueso.
Pero quizá era así, era la manera más natural del mundo para comunicarse con otro ser humano; de ensuciarse las alas. Incluso podía ser que la Tanita aún lo amaba de todas formas. El sexo solo era un pasatiempo entre su devoción por él y su carrera de cosmetóloga. Desistió de esa teoría al darse cuenta que no habían grandes razones para que la Tanita estuviese enamorada de él. Entonces comenzó a culparse, se reprochó no haber hecho las cosas mejor, no haberla enamorado. Sintió pena por sí mismo y bebió otro vaso de whisky mientras se le iba acomodando el alcohol en la cabeza para recordar viejos tiempos.


Tiempos en que hablaban de los mecanismos de un deja vú en lo intemporal. Lo que la Tanita llamaba “libélulas del tic tic”, y hablaban mucho de sueños:




- Pero no sueño con vos Tanita. Lo intento, creeme. Me duermo pensando en lo que hicimos ese día, pero por lo general sueño con mi héroe.
- ¿Quién es tu héroe Flavio?, Borges.
- No, se llama Carlitos, le dicen “El rey de los panqueques” , lo conocí en Villa Gesell un verano. Sueño que me va a confiar la receta de un panqueque secreto. Tanita...
- ¿Qué Flavio?
- Perdonáme que no sueñe con vos.
“No importa, yo tampoco sueño con vos, no te voy a querer menos por eso” le dijo esa vez, gélidamente lo dijo, como sacando un ticket en las ventanillas del metro.


Bebió otro vaso y salió del bar, fue hablando solo un par de cuadras, sin rumbo, hediendo a alcohol y palabras. Así es como la borrasca etílica nos destiñe el discurso, “borrasca plagiaria” dijo hacia una sombra.


Flavio entró a la galería sin un verdadero propósito. El buscaba otra cosa, una canción que primero creyó estar imaginando; o quizá quería orinar o vomitar. No guiaban sus pasos, mayores pasiones ni necesidades. En el cielo del Microcentro porteño parecía apunto de llover.
Lo que creyó estar pasando en su mente, parecía una canción japonesa tristísima.
La fue siguiendo como al llamado de una sirena. Sí, por eso entró a la galería.


Y en la vidriera del sex shop disfrazada de caperucita roja; una muñeca inflable parecía mirarlo con asombro. Flavio se acercó, tenía ganas de jugar un poco al sarcasmo; su menudo puercoespín de palabras quería arrojarle sus pinchos a la imagen. “Tanita roja”- la llamó- “Pero que boca tan grande tienes, ¿Es para chuparla mejor?” Y dio media sonrisa; la del hemisferio izquierdo. El lado más cínico de su cara; y cuando estaba dispuesto a seguir arrojando frases a la caperuza de aire, vio su reflejo paupérrimo en el vidrio. Se miró directo a sus otros ojos y se dijo:


“Escucháme; amplificado entuerto escatológico, coagulo de inutilidades, pútrido costal de gusanos de arteria cuando la arteria muere y el hombre sigue vivo. Escucháme bien.” Le decía Flavio a la imagen de Flavio en el vidrio- “Nunca jamás, Peter Pan del Chivas Reagal, volverás a sufrir por éstas cosas.”


En eso estaba cuando llegaron ainterrumpir su epifanía.


- Quieto y con las manos contra el vidrio- dijo un oficial de policía, que se aproximó a unos metros de Flavio con un arma larga apuntándole.
- ¿Qué está haciendo caballero? - solicitó un segundo oficial, que al parecer ya tenía a sus espaldas y había comenzado a palparlo- deme el documento.
- ¿Qué estabas haciendo flaco? ¿te estabas tocando con la muñeca?; me parece Ramirez que éste es un degenerado- dijo el oficial que apuntaba.
- Afirmativo Nuñez, y en alto estado de ebriedad.
- Borracho y pajero.
- Así es, y ustedes son Nuñez y… Ramirez , mucho gusto- dijo Flavio Aunque a lo mejor hubiese sido preferible que se mantuviera callado; porque lo que vino después...
- Tenemos un vivaracho, Ramirez, éstas ratas son todas iguales- dijo el oficial Nuñez, y le propició un golpe en el estómago con su arma larga. Luego entre los dos oficiales pateaban a Flavio que ya estaba en el piso; y aunque la escena era triste; Flavio veía un desenlace maravilloso. Con el alma perdida su cuerpo a la deriva de la noche, era golpeado por toda la fauna y vegetación que caían como él a ese río de inutilidades que lo estaba llevando hacia algún lado. “Si escuchara esa canción otra vez” dijo “Estoy salvado”.
El golpe en el estómago lo había hecho vomitar. Con algo de suerte su mente quedaría lúcida. Las luces dicroicas de la tienda de ropa parecían estrellas de esclarecimiento, un maniquí de mujer parecía estar mirándolo con ojos calmos. Su peluca era rubia y estaba parada como en el segundo antes de llamar un taxi.


“Sólo debería cuidar el occipital”, pensó Flavio como si lo demás no importara demasiado.
Otra vez pensó en la Tanita, o acaso nunca dejó de hacerlo. Sintió que las manos sin ella volvían a quemarle, porque aún la seguía perdiendo en la medida que eso seguía pasando. Las patadas seguían golpeándolo a los lados, pero Flavio no dejaba de mirarse las manos que ardían. Hubo una llamada por radio y los policías se retiraron.
Quedó tendido boca arriba pensando en la Tanita, era su oportunidad de morir por segunda vez en veinticuatro horas; sólo que ahora se sentía más en forma que nunca para despedirse del mundo.


- ¿Estás bien? Decíme si estás bien- dijo un voz.


Flavio reparó en algunos aspectos de esa pregunta. El primero fue muy sencillo; se trataba de una pregunta absurda; considerando que había sido brutalmente golpeado por la policía y desparasitado del amor por la misma Tanita, (esto último fuera de él, no era demasiado constatable). En segundo lugar la voz que le hablaba parecía megafónica, impura y extrañamente artificial. Una voz de mujer que parecía provenir de un ducto de ventilación o algo por el estilo. También reparó en el hecho de que no veía a nadie. Aún así le respondió:


- Sí, nunca me sentí mejor. Gracias. Presumo que sos la secretaria de…- se interrumpió para escupir sangre y prosiguió-… San Pedro, nomás dejá que camine hacia la luz y me hacen la entrevista.


- Dios, te molieron esos brutos. No te muevas mucho, quizás tengas algo roto y sea peor.


- Siempre puede ser peor parece. Pero no es nada, es decir, el dolor es otra cosa- dijo Flavio intentando reincorporarse y con los brazos se arrimó a la vidriera de la tienda de ropa y quedó sentado apoyando su espalda en el vidrio.


- Me llamo Emma- dijo la voz


Flavio giró la cabeza y miró la vidriera. La voz parecía venir del maniquí que lo había estado mirando mientras era golpeado. El solo pensar en eso le dio frío.
- ¿Quién habla?
- Ya te dije, Emma. ¿Es verdad lo que decían los polis? Lo que estabas haciendo frente al sex shop mirando a caperucita.
Flavio sonrió levemente, le dolía el labio. Tuvo la necesidad de sacar un cigarrillo y fumarlo, el último que quedaba en su paquete arrugado.
- Quien sabe Emma, pero no te preocupes, no soy un violador serial de objetos inanimados.
“Entonces… sí me dieron en el occipital” pensó, imaginar un diálogo con un maniquí no era cosa de todos los días. El agridulce oficio de fumar con el labio roto, y hablar para curarse el alma con alguien, con quien sea, con lo que sea.
- En realidad -dijo Flavio- esa muñeca inflable; se parece a una novia que tuve ayer. Pero ahora que te veo, con ese pelo y esas piernas; vos te pareces a la novia rubia que nunca voy a tener.


- ¿En serio pensás que soy un maniquí que habla?- preguntó Emma desde dentro de la tienda hablando por el micrófono que estuvo usando para cantar. Recostada sobre el sofá que Silvia había puesto tras los Vestidores. Miraba por detrás de los percheros que apenas dejaban ver el torso de Flavio apostado sobre el vidrio.


- ¿Por qué no? vos me estás hablando desde el subconsciente, dulce península de mi fantasía. O finalmente con algún golpe en la cabeza enloquecí- sostuvo Flavio al tiempo en que un trueno sacudió la galería.


- No, no estás loco, en verdad estoy hablando, pero me preocupan tus heridas, me gustaría ayudarte, pero no me puedo mover ni usar el teléfono. ¿Cómo te llamás?


- Me llamo Flavio y no importa. También imagino canciones.
- No imaginás Flavio, yo estaba cantando. Me gusta cantar cuando todos se van, y aunque cueste entenderlo desde tu lado del vidrio, no me puedo ir de acá. Ni moverme puedo, así que me pongo a cantar.
Flavio le pidió por favor que cantara, como hacía un rato. Quizá de esa forma su mano derecha deje de temblar. Ella dijo que aunque le daba pena cantar para alguien, ésta sería una buena causa. Comenzó a ulular de manera tenue, su voz era como un arrullo en una caída infinita.
Flavio se perdía en la voz de Emma; en esa compasión melódica que lo desahogaba de alguna cosa. Ahora sí, por primera vez en toda la noche, tenía autenticas ganas de llorar. Todo era tan triste y absurdo que hasta esa muñeca del sex shop parecía estar rajándole la camisa del alma.


Fue entonces cuando vio el parlante, casi cubierto por unas prendas de jeans junto a las largas piernas del maniquí. “Otra turra que tiene ganas de reírse a mis costillas” pensó diluyendo tanta pena con algo de frustración. Con las manos a los lados de la cara se asomó al vidrio lo más que pudo, tratando de divisar alguien dentro. Estaba oscuro. Vio algunos bultos de ropa, un mostrador, en el fondo como una rueda de bicicleta.


- Tenía entendido que la ventriloquia no requería de parlantes, me haces trampa Emma ¿andas por ahí?- preguntó Flavio con algo de escepticismo y borrachera en el tono.


- Supongo que ahora pensás que una empleada o algo así está hablando por ese parlante- dijo Emma.
- No, pienso que otro maniquí habla por el parlante- dijo Flavio estrujando el paquete de puchos vacío.
Él en realidad no estaba seguro de nada. Incluso pensaba que no importaba, estaba cansado y le empezaba a doler la anterior golpiza. A lo mejor tenía la facultad de comunicarse con objetos de cera, “Facultad innecesaria” reflexionó, y al cabo de unos segundos dijo “me voy”.
- ¿A dónde te vas a ir si está lloviendo?, quedáte un poco más. Las tormentas me asustan.- En verdad Emma parecía decirlo con preocupación y continuó:


- Sí, quizá sea una vendedora muy tímida, muy fea, o algo mucho peor, que te habla desde el parlante. Pero todo tiene un “por qué”, y ésta noche deberías quedarte conmigo.
- ¿A vos te parece que algo bueno puede salir de esta constelación de hechos? Es bastante absurdo.
- A mi me parece que sí, Flavio. Siempre que se cierra una puerta se abre una ventana.
- Eso parece sacado del libreto de la novicia rebelde…
- Pero hay una justicia, no se si divina, no creo ser precisamente la favorita de Dios para decirlo, pero… hay que creer en lo real maravilloso, puede pasar lo imposible- dijo Emma y comenzó a musitar una melodía con la voz y a cantar en perfecto japonés la canción de un animé.


Por un momento Flavio pensó que se estaba estupendamente en la galería con Emma, en una noche de tormenta. Aún sin puchos, aún golpeado y con las manos ardiendo, (ardiendo menos). Miraba al maniquí, en verdad era una hermosa representación, parecía estar murmurando la canción desde la sinuosidad de sus labios.


- ¿Cuál es la constelación de ésta noche?- preguntó Emma luego de terminar su canción.
Flavio estuvo a punto de responderle pero advirtió que los elementos cambiaban. Que había una luz rosada en los ojos de la muñeca del sex shop que de alguna forma eran alimentados por la palabra sexo hecha de tubos fluorescentes fucsias, lo suficientemente luminosos como para resplandecer las mejillas del maniquí de la tienda de ropa; y estallar como la aurora ante el resplandor que causó un rayo y que se reveló en el preciso instante en que Emma dijo “un chispazo”.
- Es cierto, he visto rayos más grandes- dijo Flavio.
- No, acá dentro un chispazo, debe ser una conexión. Dijo Emma con miedo súbito. Siento olor a humo, algo se esta quemando acá.




El maniquí parecía estar esbozando sus preocupaciones, siempre quieto. Flavio desde el suelo creyó estar viendo una lágrima deslizándose por la mejilla de esa mujer de cera, quizás a causa de alguna gotera desde el techo.
- ¿Estás segura?
- Si Flavio, está saliendo humo. Ayudáme por Dios, acá es todo inflamable.


Cuando Flavio comenzó a ver humo, preguntó gritando si había alguien dentro. Emma dijo que ella, que por favor la saque. Las paredes comenzaron a incendiarse, Flavio sintió el impulso de romper la vidriera pero se contuvo. A la lumbre se veían unas zapatillitas blancas deshabitadas, más allá los vestidores se nublaban. “No me dejes Flavio” Fue lo último que dijo Emma antes que un nuevo chispazo detrás del parlante lo inutilizara. Dentro comenzaba a verse un resplandor. Rápidamente comenzaban a incendiarse algunos maniquíes. Flavio se levantó y corrió hasta la entrada de la galería, salió a la calle bajo la lluvia, miró hacia los lados y no había nadie. Sobre el asfalto tendidas, las auroras mojadas del alumbrado austral del Microcentro, se blandían bajo el aguacero. Tomó una baldosa desprendida del piso y volvió dentro de la galería arrojándola de lleno a la vidriera; que estalló de forma sublime haciéndole un corte en la cara.
La alarma amplificada por el eco cavernario de la galería, lo desesperanzaba de despertar de cualquier sueño. Tomó el maniquí que acababa de caérsele en sus brazos; Al ponérselo al hombro le dobló una pierna y perdió la peluca rubia; pensó en comprarle otra al tiempo en que salía bajo la lluvia alentado por las palabras de Emma; que en toda la constelación no perdió nunca sus luces, detenidas en la inmovilidad del cuerpo.

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