miércoles, 24 de febrero de 2010

Prosa

Gauchita


“Y hay cuerpos celestiales,
y cuerpos terrenales,
pero una es la gloria de los celestiales,
y otra la de los terrenales” (Corintios 15-40)


“Transportemos a su ultima lógica,
semejante habitus fisiológico,
como odio instintivo de toda realidad,
como una fuga a lo “intangible”,
a lo “incomprensible” (Anticristo cap29)



Dos impertinentes senos en mitad de mi suicidio. Enormes, ojivales, plausibles, hasta podría arrojarme en ellos desde acá, sin recibir mayores contusiones. Aunque la realidad me muestra con más probabilidades de caer de lleno sobre el viejo cegatón, que me mira sin verme, pero igual de horrorizado que la señora del changuito, que seguramente viene del mercado y ahora se tapa el sol con las manos para divisarme en las alturas, y que quizá me confunda con el Vasquito del 6to C, que lo había engañado la novia. Pero éste es el quinto, a ver: planta baja, uno, dos, tres, cuatro, y cinco, sí es mi departamento; o para decirlo de una forma más exacta, es el lado externo de mi departamento; porque definitivamente esto es una cornisa, y si el manual del buen suicida no se equivoca, éste es un sitio que se utiliza para saltar. Pero a decir verdad, yo no creo estar particularmente interesado en cometer semejante locura, yo salí a fumar un cigarrillo no convencional. Desde aquel pobre papel que hice en la última reunión de consorcio, donde entre otras cosas me acusaron por el “temita de las humaredas” decidí hacerlo acá sentado, en éste alero a la alegría, donde solventar la cuota básica de paz interior. Sólo que mediante un mecanismo siniestro en los postigos, las ventanas quedaron trabadas dejándome fuera. Al juzgar por los gritos de los de allá abajo, están convencidísimos que pretendo hacer salto bongee sin cuerda. Es increíble, se congregan, se manifiestan, entre excitados y absortos, teorizan, rezan, la mujer de los grandes pechos se persigna y un pendejo me filma con el celular; hasta el tachero no labura y me mira, el portero se agarra la cabeza; que tipos macanudos, nota mental: invitarlos a mi próximo cumpleaños.
Invitarlos a sentarse junto a mi cubículo del ser, ésta nada que pende desahuciada, por todos allá abajo, volatilizada a puro artificio cannábico, por mí acá arriba, (¿Alegórico?). Ah que próximos todos, pensar que si estuviese sentado en un banco de la plaza, las chances de mantener un contacto visual tan extenso con la pechugona son irrisorias, es decir, hay que reconocer las ventajas de mi posición. No pongan esas caritas de obituarios allá abajo, mañana la invito a tomar algo y le explico todo.

“Madame, habemos personas sin balcones en sus departamentos”.

La mañana en plena cirugía estética, la ilusión de la verdad es aún un sueño que vamos olvidando al lavarnos la cara, y que anestesia eso que no sé como se llama pero señalo con el dedo hacia un punto indefinido entre el corazón y la nada.
“Tenía el torso curvado hacia dentro, una silueta escuálida más ingrávida que su sombra, con el maquillaje de los ojos arrasado por un proyector de lágrimas, me miraba pidiendo que fuera su espejo. Todo era resplandor amarillento de cariátide inusitada, y una nariz de payaso colorada”.

Entonces es definitivamente postulable que se abrió la ventana de junto, y que una chica pendiendo de su cornisa me habla. Porque las variantes son ilimitadas, y si se le ocurría socorrerme a mitad de este probable acto de incongruencia, con nariz roja y todo, no puedo culparla.

“Al niño cactus los pinches le salieron/ y ya nadie quiere tenerle en brazos, /los amigos no quieren saludarlo / y el revienta los globos del cumpleaños”

Canturrea Claudia, que así dice llamarse con un claro acento de Asunción del Paraguay; me cuenta que es la empleada del departamento de al lado, que prepara una fiesta de cumpleaños, y si me tiro le arruino la torta, la piñata, las sonrisas. La tos naufragando mil veces mi garganta recrea lágrimas; en su unidad milimétrica, adquiero la noción de que una tuca me quema los dedos, que ella tiene ojos claros que destilan la paz que todo lo puebla, como un rocío de miradas desde su cara, puesto que parecen sus ojos ventrílocuos de mis voluntades...

¿Qué me pasa?, ahora es ella quien trata de serenarme. Los de abajo me gritan “Vasquito no te tires” y jode un poco que me confundan con ese invertebrado del sexto piso.

- Lo que intentes decirme ya funcionó, me salvaste, sólo dame tu número telefónico, intento abrir la ventana y desde adentro te mando un mensajito que todo está bien.- digo.

-No me vaya a saltar- dice Claudia- metete dentro por amor de Dios, le pido Vasquito.

Y ahí nomás, raudas, envilecidas, las partículas de lo ínfimo; barcos de un mundo sin puertos, profesan que nada locamente fumable puede interrumpir ésta visión. Ella convenciendo al Vasquito que el mundo es maravilloso e indirectamente convenciéndome a mí -que ni pienso saltar de semejante altura- de que su forma sublime se va a evaporar en la niebla del alfeizar cuando éste idilio termine, y que como se sabe, de toda evaporación queda sólo el frío. Así alargamos la esperanza, la fe elástica en los seres y las cosas, esa ductilidad en el espíritu del hombre.

- Borges hablaría de tus movimientos de caballito de ajedrez, Castillo diría que la Sirenita se volvió loca. Claudita, estás demasiado con los hombros para fuera. No te vayas a caer vos- le estoy diciendo con la voz conmovida.

Y digo otras cosas, porque al fin y al cabo por decisión popular soy un suicida, y puedo decir lo que se me antoje antes de morir. Así que le hablo de una soledad súbita, le catalogo uno a uno los pedestres de allá abajo, la llegada triunfal de los bomberos, que no apagarían el fuego de nuestras bocas, cuando me arroje a sus labios, o sucumba a la inundación de sus acuíferos ojos guaraníes, a las facciones de su cara comprometidas con mi alma.
Le hablo del miedo, del equilibrio de las cosas, aunque confundo las palabras o las olvido -¿Será mentirosa y despiadada mi lengua por creer, que es la mujer más linda que se ha asomado a una cornisa ésta mañana? ¿Habrá voracidad per cápita en mi voz para engullir las vértebras más sabrosas del discurso estético?-

-No me vaya a hacer esa tontería. Mujeres hay en todos lados Vasquito.

Lo dijo otra vez, para éste ángel doméstico de exteriores, soy el cornudo del 6to C; debo inspirarle una compasión profundísima. Pobre tipo, hasta a mí me da una pena claustrofóbica cuando lo encuentro en el ascensor. Pero no estamos hablando de él, estamos hablando de esto, que se genera por una sumatoria de circunstancias por demás desopilantes y patéticas.

-No te sientes vos en la cornisa- digo pero ya está sentada y almacena lágrimas en esas titilantes mieles pupilares; no parece percatarse siquiera que ahora los de abajo le gritan a ella. Pero su mano es cálida, escéptico de la alucinosis táctil, la tomo como a un último “pichón” de panda sobre la faz del mundo. En cualquier momento los bomberos romperán la puerta, el encantamiento será abolido por la explicación, su gentil mano que ahora acaricia mi abdomen, que va bajando despacio, podría desvanecerse; dándome autenticas razones para saltar y terminarían llenando formularios en una comisaría. No obstante, de una forma lindera a la sutilidad de una geisha; ella está perpetrando en mis pantalones. Está tratando de demostrarme algo, algo que quedaría relegado a cualquiera de los presentes segundos en que le acaricio el pelo, y su boca en pleno vértigo placentero, casi me hace ignorar que allá abajo hay un gran revuelo; que hasta llegó la policía con tizas blancas y delineadores de siluetas. Es tan hermoso el gesto de Claudia salvándome la vida, que pareciera innecesario decirle que no soy el Vasquito; porque ahora que hasta creo estar volviendo a nacer al mundo, de una forma prodigiosa, una mañana plena, con espectadores manifestados ante mi grandeza, que está apunto de llegar a su apogeo; el Vasquito acaba de pasar ante nosotros –verticalmente- confirmando mi teoría del sexto piso. Pasó rápido rasguñando mi aliento, yo cierro los ojos aferrado a la cabeza de Claudia en mi regazo, equilibrando el día.






“TARJETAS CHINAS”



Timoteo tuvo miedo; un pánico aprehensible que le llegaba desde las entrañas mismas del sueño. Lo ha estado teniendo desde la última media hora antes de despertar en su pieza de pensión y de la forma en que lo hizo, con la papada asfixiándolo y un embotellamiento de mucosidades en la garganta, un despertar abrupto hacia una forma de inmovilidad que no experimentaba desde niño. Timoteo Abelardi contemplaba impávido el cielo raso infinito que solía concluir ahí, donde comenzaba el día, sólo que ésta vez al despertar y luego de una especie de hipo grotesco quedó fijo, sin poder gritar ni moverse, despertó en un ahogo violento que le clausuró la tráquea. Percherones negros, de eso se trataba, enormes jamelgos de musculaturas torneadas por la noche, de grandes patas peludas, relinchos desesperantes, y lo que vino después, justo antes de despertar y que fue olvidando gradualmente.

Abelardi es un hombre bajito y redondo, claro, eso no dice mucho de una persona, pero además es inseguro. Si bien su carácter de hombre gentil ha sabido perturbarse por el mundo burocrático en el que se gana la vida, nunca dejó sucumbir su buen trato con la gente. Eso lo definiría, eso y una renguera incipiente, algunos problemas de próstata que asumía con cierto estoicismo e incomodidad cuando subía o bajaba las escaleras de la pensión con la vejiga inflada; mayor aún era su empeño si la viuda Herrera andaba por el pasillo, si dejaba ver su figura enigmática, alta y austera, sus ojos renegados por las horas sombrías. Se asomaba a la ventana del pasillo y sacando medio cuerpo afuera, alimentaba a las palomas que caían como lluvia sobre el tinglado de chapa del supermercado chino.

Abelardi llegó a la pensión hace aproximadamente dos años, la viuda Herrera según escuchó en una conversación del conserje, estaba desde el primer día, hace ya más de veinte, cuando vino de una estancia en Brandsen. Pero nunca en los dos años que llevaba como inquilino, escuchó que alguien hiciese referencia a señor Herrera alguno.
Timoteo Abelardi la amaba en secreto, no obstante su carácter de hombre inseguro, y un autoestima que distaba mucho de ser aceptable, lo sumían en el más profundo silencio; la sola estampa de la viuda junto a su puerta le ardía el alma con la misma intensidad con que le helaban los pies, las manos y le entorpecía el habla. “¿Cómo está Abelardi?” lo había saludado aquella dama el día anterior, “Viuda Herrera” dijo Abelardi y enrojeció; estaba tan apenado por haberla llamado de esa forma, que al alejarse apresurado parecía cojear más que de costumbre. En ese incidente pensaba cuando el cielo raso por fin concluyó, y supo que debía levantarse de la cama.

El supermercado chino quedaba junto a la pensión, iba a hacer una faena más bien dificultosa hacerle entender al hombre tras el mostrador lo que quería decir, sobre todo porque no podía decir ni una palabra. El chino tampoco hablaba, al parecer ni siquiera necesitaba hacerlo, de un bolsillo extrajo una tarjeta y se la acercó a Abelardi:

“Usted desea comunicarse, lleve tarjetas chinas”

Pero en realidad, el supermercado no predisponía al misticismo; rejas celestes, mercadería vencida, podía olerse incluso el jamón en mal estado.
Abelardi intentó hablar pero su lengua aun estaba paralizada, balbuceo algo ininteligible, el chino tras el mostrador no podía entenderle, así que se limitó a alcanzarle otra tarjeta:

“Disculpe Abelardi, no entiendo lo que dice, lleve tarjetas chinas”

Parecía una suerte de broma pensó Abelardi, miró hacia la cámara de seguridad del lugar que como siempre se esmeraba en registrar todo tipo de sucesos en blanco y negro. La mirada franca del chino tras el mostrador extendiéndole un paquete negro de algo que parecían naipes, y en cuya envoltura metalizada se podía ver la efigie en relieve de un dragón plateado. Asintió con la cabeza y tomó por fin el paquete, cuando hizo el gesto de sacar dinero de su billetera para pagarlo, el chino lo evadió y con una reverencia le indicó la salida.
Cuando el encapuchado armado entró al supermercado Abelardi estaba a punto de salir, “Dame la guita chino de mierda”, y eso estaba pasando, no era un sueño, “Dame la guita o te quemo”ahora sí el pavor frío que lo impedía y lo imposibilitaba era bien fundado, el temblor de las palabras del mal viviente estallaban en el pecho de Timoteo como granadas de tristeza.
Entonces pasó lo de las palomas, comenzaron a caer sobre las chapas acrílicas, parecían cientos, como si la viuda lo estuviese animando con su lluvia de palomas, estaba dispuesto a hacerse matar solo por esa dicha, un coraje impregnado por el olor de los productos de limpieza de la góndola a su lado; iba a hacer algo, no sabía qué, veía al encapuchado tomar con una mano la solapa del chino y con la otra le agitaba el arma ante los ojos.
El diminuto hombre tras la caja registradora hizo un movimiento leve; lo suficientemente sofisticado para no irritar al asaltante, y apretando con sus dedos índice y mayor, le alcanzó una tarjeta. No era un gesto que el ladrón hubiese previsto, ni siquiera Abelardi pudo anticiparse a esa pasividad y sabiduría con que el chino puso ante los ojos la tarjeta con la figulina del dragón plateado: “!Que mi…!” el encapuchado se interrumpió y tomó la tarjeta. Mientras leía sus ojos se transfiguraron, no pasó mucho antes que echara a correr como un desalmado. Con toda naturalidad el chino continuó su trabajo.
¿Qué extraño tipo de tarjetas eran esas?, ¿En realidad podían persuadir así a las
personas?, ¿Qué mecanismo las rige? ¿Tendrían el poder de decir las cosas de una forma tan absoluta?
En esas meditaciones andaba Abelardi, cuando de regreso a la pensión y al subir las escaleras recordó nuevamente el episodio con la viuda Herrera del día anterior. No podía creer que la hubiera llamado “Viuda Herrera”, Matilde se llama, pero había hecho referencia a ella introspectivamente en tantas ocasiones, bastaba con ver una paloma, con subir las escaleras como ahora, en que literalmente estaba mudo, para pensarla larga y ensoñadoramente. Erigida en su vestido oscuro, la viuda allí estaba, podía verla junto a su puerta. Volvió a sentir las piernas pesadas, los últimos dos peldaños parecían más altos, “Matilde está ahí” se oyó pensar, “de pie junto a mi puerta, quizá esperándome”. Hubiese querido decirle muchas cosas, deseaba comunicarle su devoción, contarle por ejemplo que adoraba su figura esbelta cuando se curvaba sobre la ventana para alimentar a las aves, la música de su máquina de coser por las tardes, el olor de sus dulces recién hechos, sin embargo (y esto quizá le salvó la vida) sólo sacó una de las tarjetas del paquete y se la dio. Pudo ver como la tarjeta actuaba en sus facciones, modelaba sus gestos de sorpresa. Lo que estaba leyendo, fuera lo que fuese era enorme como el mundo, como el amor que sentía por ella.
¿Qué asombrosas palabras podían conmover de esa forma a una mujer?, ¿Qué poeta milenario o hechicero inmortal había forjado esos mensajes certeros del destino?

“No entenderías, fue hace mucho tiempo” decía la viuda Herrera, de pronto lo estaba tuteando, y no sólo eso, “Hay una explicación Timoteo” porque ahora lo estaba llamando por su nombre de pila. Las tarjetas son extraordinarias, pensó Abelardi redondeado de felicidad, sin embargo los ojos de la viuda naufragaron.“Si supieras, si supieras por lo que pasé con él” decía mientras lloraba con los ojos y con la nariz, entonces Abelardi notó que se estaba secando las lágrimas con un pañuelo sucio. Ella dio la media vuelta que la dejaría exactamente frente a su puerta y entró a su pieza como para siempre.
Abelardi quedó turbado, su corazón como suspendido por un hilo invisible de improbabilidades. Esa noche Timoteo no tuvo pesadillas.
Al día siguiente aún permanecía imposibilitado del habla, la ventana del pasillo estaba cerrada y el silencio en la habitación de la viuda era más impuro que de costumbre. Al salir del edificio le dio una tarjeta china al conserje, sin necesitar decir palabra.
“Se fue esta mañana, bien tempranito- informó el conserje- como si la corriera el diablo, dijo que regresaba a Brandsen, quien sabe, en una de esas hasta vuelva a criar caballos”.




Jazz de los espejos

“Esto ya lo he tocado mañana”
(El perseguidor)


Las flores y los espejos. Tan lindas son las flores... pero los espejos son horribles, ¿cómo pueden existir en el mismo mundo sin estorbarse? Es-pe-jo, objeto tan definido por todos; pero yo no veo al espejo, me veo a mi misma. Nunca al espejo en sí; sólo a mis ojos llenos de lágrimas. Por eso los rompo, los hago pedazos. En cambio las flores me escuchan cuando les hablo; acá no hay muchas aunque a veces el 108 me consigue alguna y la llevo conmigo todo el tiempo. Incluso cuando voy al patio a escuchar al músico que les gusta a mis flores. Tengo que tener cuidado porque siempre hay alguno que me la roba y la pisotea hasta que mi flor se muere, (porque en el mundo hay gente dañina), ¿pueden creerlo?, gente maligna en el mundo. Nunca me lo habían dicho, ni las flores, ni los espejos que hasta me dicen que estoy loca. Por eso los odio...
por eso cuando escribí los veinte coros de “soul burning”, los muchachos dijeron “oh Richie, te has pasado hombre”, entonces los miré y dije “escuchen: si no les pasa nada váyanse a otra parte” y pensaba en que Charlie Parker decía que a veces lograba que cada oyente sintiera lo mismo que él. Porque el jazz es un arte sin cadáveres viviseccionados; es la música para la inmortalidad de los sentimientos.
En aquellos tiempos yo era: “El extraordinario Richie Cold”; cuando se iluminaba el escenario y se oscurecía la platea todo era jazz, equilibrio, juego de reconocimiento y asombro, música para la anatomía de lo invisible y yo tocaba “Una borrachera perfecta”. La base era esencialmente el bebop de los cincuenta -¡válgame el cielo qué noches aquellas!- acá a veces me dejan tocar mi saxofón. Eso si estoy tranquilo, y salgo al patio donde es otra vez improvisación. Se me acerca el 108 que es sordomudo y la mujer de las flores,
el 217 está empecinado en recobrar su saxofón. Se lo tuvimos que quitar porque alteraba a todo el pabellón con sus sonidos irritantes. Es una pena, es tan cordial cuando habla de sus años de músico; pero es como la 122 que parece tan tranquila y después zás, rompiendo todos los espejos del baño de enfermeros. El 217 tiene un “no sé qué”, como la vez que le dimos la primer descarga y en sus ojos todo fue intemporal. Luego tarareaba algún tipo de música y vuelta “enfermero quiero mi saxofón” así hasta que le di los calmantes y se durmió. Me pregunto dónde irán las flores en invierno. Seguro que se van del otro lado del planeta donde el clima es otro. Sería lindo ir de un lado al otro del planeta persiguiendo las flores; una vez soñé que entraba en un jardín por una ventana que estaba suspendida en el aire y había tantas flores como estrellas en el firmamento, y había un hombre desnudo que se ocultaba tras ellas. Me sentía feliz, como el otro día que escuché al músico en el patio soplando sus melodías. Sentí que de sus cachetes se liberaban violetas y lilas, amapolas y crisantemos que nos cubrían a todos, como pompas de jabón y pensaba “si mi saxofón me llevara al corazón de los hombres” o pensaba en New Orleans Jazz, el comienzo de todo. Louis Armstrong, la Eureka jazz Band que petrifica el alma con sus trompetas, trombón, clarinete al frente. Pero el que más amo es el bebop: estructuras inestables, modulaciones mínimas. Charlie Parker, Dizzy Gillespie, el sax de Lester Young en que sus temas se extienden, estiran o comprimen con el sentido propio del beat o swing de su corazón. Como mi noche en el T-Bone donde toqué como los mil demonios. Sin ética ni estética, solo jazz. El primer tema fue uno que compuse estando muy ebrio; se llamaba “Tenía que hacer algo, pero no recuerdo qué” Abordé aquel primer tema -la platea expectante- suelto un chorro de notas descendentes y se demora en riff gaseoso. En el segundo coro el saxo toma grosor, como ballena furiosa. En el tercero la expresión se vuelve pesada y contradictoria, los muchachos no dejaban de mirarme como lo hacen siempre que están atónitos. En el cuarto coro crece la velocidad y la elocuencia hasta que sobreviene una pausa, éramos tres pero al 217 parecía no importarle; se sacudía y gritaba no sé qué del jazz y del tiempo. Llegó a tirarnos al suelo hasta que vinieron otros tres enfermeros con Collins que ya lo traía entre ojos. Pobre, fue una lástima ver cómo lo golpeaban y después entre balbuceos lo llevaron a la sala B para los shocks; y la 122 lo miraba con esa forma de mirar que tienen los locos, sin entender nunca nada. Luego el 217 dejó de preguntar por un tiempo por su saxofón, Collins se ponía a jugar con él, haciendo ruidos horribles para que los otros enfermeros riesen y luego abandonarlo entre los demás cacharros de la sala B y ya no sé que pensar, su nombre es Richard. Me lo dijo el otro día cuando le regalé uno de mis lirios y ahora no sé qué pensar de los espejos. Él me hizo verlos distinto. Cuando le conté lo que me pasa con los espejos él me habló del jazz y estábamos diciendo lo mismo. Así que me dijo que llevara mis flores y lo acompañase, y fuimos... se robó los dos espejos del vestuario de preceptores y los puso enfrentados. Me dijo que me pusiera en medio y mientras yo temblaba comenzó a hacer su música, que era como el llamado que deben hacer las ballenas cuando están solas. Entonces ya no me veía a mi misma en los espejos, sino que podía ver como mis flores se multiplicaban hasta el infinito. El 217 ya no salió al patio a tocar su música; más de un interno lo hecha de menos y me preguntan por él. Se me viene a la mente cuando lo encontramos con los espejos robados, haciendo esa música que tanto le gusta y por tercera vez lo llevaron a la sala B. Hasta que finalmente parecería que sé olvidó de su saxofón. Aunque la 122 le habla y le lleva flores, es como si viviera en otro espacio-tiempo. Le doy las pastillas rojas para que se mantenga sedado y no se queje tanto por su cabeza. Le llevo su saxofón o a veces se lo lleva Collins y le toca alguna mala nota en la cara. Pero al 217, al extraordinario Richie Cold parece no importarle, porque ninguna pieza dura siempre lo mismo; improvisar es componer espontáneamente -como lo hice con los espejos-. La improvisación se apoya en una variedad de elementos temporales; ésta incluye el tiempo de la memoria y se hace cargo del inconsciente que es intemporal. Recuerdos de mis noches en el T-Bone, ¡qué emocionados estaban los muchachos con mis tiempos!. Como decía Ellington: “Quisiera que mis temas terminaran como si fueran a seguir”.





El entomólogo



El fervor cáustico de mirar las horas, de ver pasar sus sombras de ferrocarril por la ventana, como una consecución de hormigas que quieren llegar a sus casas, “la apariencia de todo” y yo prendido a la salamandra cóncava de corazón inspirado por el fuego. Tengo frío aún en los hombros, pero se está muy bien al calor de dos o tres leños ubicados de manera tal, que edifican una ciudad roja, incendiada dentro de la salamandra.
Mi mujer partió ésta misma noche, me dejó una nota en la que me declaraba la nulidad del contrato sentimental, dando algunas razones que aún están tapadas por el imán grande, en la puerta de nuestra vieja heladera.
Estoy a punto de quemarme las manos, pero entonces creo que podría ponerlas en el congelador inspirado por el frío, donde dos o tres hielos puestos de una forma tan absoluta, constituyen los cimientos de una ciudad de niebla dentro del refrigerador.
Un malestar insectil crece al pensar que ella también se llevó la licuadora, justo cuando tres bananas y un litro de leche propician algún tipo de consuelo. Solo dejó el molinito de la manivela rota, que ahora parece más viejo y enorme “lo mejor será preparar café” -y contar cucarachas- mientras pasa otro tren.

Está amaneciendo y dentro mío los seres más insignificantes de la tierra -con sus circunstancias enormes- celebran el crepúsculo. Ahora que la mediocridad de anoche se confunde con el sueño; las moléculas de rocío del jardín recrean una ciudad de seres de agua, que conviven con los insectos que sorben de sus límites, con toda la naturalidad del mundo.
Pronto con el tren de las nueve, llegará el sol de las nueve que proyectará su cálido prisma y el frío mermará.
Así es como el auto-convencimiento procede de manera cautelosa. Primero el jardín embellece, y luego el frío se va acomodando lejos, hacia el sur, para postular la teoría de que ha empezado un nuevo día.
Las hormigas en un circuito negro trafican materias primas y en la red de antenas viaja la información de que el rosedal es una mina de oro. Funcionan a modo de ferrocarril, en una formación que intermitentemente se vuelve subterránea. Casi no me doy cuenta que soy un hombre invadiendo el espacio de un pequeño reino; en éste jardín que ella cuidaba y descuidaba con la misma indiferencia. Ella, la de la nota en la heladera, que no debió haber visto éste ciempiés vagabundeando por la tierra removida, que circunvala alegrías; no se percató del origen del caos cuando los bichos bolitas se enrollaron como pangolines o sucumbieron en telarañas harapientas. Qué podía saber ella del Chalcosomo Atlas, del mitológico escarabajo blanco sobre el que alguien derramó pintura y que camina rengueando hacia su ínsula al norte del jardín. Sólo de llegar con el veneno sabía, del pote de algo que parece gas mostaza, del aerosol negro o el frasquito de la calavera: vertía un poco de sus silencios en los agujeritos de la tierra y moría toda una civilización de hormigas un martes cualquiera. Pero ahora que se fue parecen contentas, y hasta caminan de manera más desordenada; de pronto se multiplican, proliferan, vienen libélulas de jardines aledaños, comparsas de hormigas coloradas y enjambres de abejas se arrojan a las flores, para celebrar la ausencia bajo la melodía de los pájaros. Todo el hermoso espectáculo es invadido por insectos, y en el jardín casi no queda lugar para mí, cuando me pregunto ¿Cómo es que se enteran todos estos asombrosos seres, de la existencia de un jardín abandonado?




Infiernito


... y al indicarme donde tienen
el corazón, todos llevan el dedo
índice al hemisferio izquierdo
del pecho...


No sé por qué estás enojado conmigo ¿Y vos bobo, donde tenés tu corazón? yo debo ser el único que te llevo ahí en la mochila, junto con los lápices y los cuadernos, pensé que todos lo hacían, pensé que eras realmente útil. ¿Cómo es que los demás los llevan siempre consigo mismo?, pero vos no podías quedarte dentro como los de todo el mundo. Yo siempre trato de cuidarte del Enzo, por eso me saco la mochila para defenderme y te dejo cerca de Leticia, porque me patea en las costillas y me golpea en el estómago, vos viste que levanto los puños, pero no puedo ni odiarlo, al final el Enzo se va y vos quedás a salvo. Al volver a cargarme la mochila me doy cuenta que es Leticia la que aprieta fuerte mi mano y no se ríe como los demás, yo siempre la defiendo cuando se burlan de la casa de muñecas que suele llevar a la escuela, ese dia ella me dio un beso para que no me duela tanto.
¿Te acordás aquel sábado en que todos preguntaron lo mismo? ¿Porqué llevás mochila si no hay clases?, yo les decía que iba a casa de Leticia y vos estabas tan contento junto a esos libros que te apretaban los latidos. Pero cuando llegamos y golpeamos a su puerta la mamá que ya nos traía entre ojos desde aquel cumpleaños, en el que te colgaron en el perchero y yo no hablé con nadie, nos dijo que no estaba, en su patio pude ver que solo estaba la casa de muñecas, pero escuché risas en la casa de junto, distinguí su voz y la del Enzo, me quité la mochila -porque es difícil saltar la verja de su patio y vos te podías caer-, no sé por qué una vez dentro hice esa porquería, de romper su casa de muñecas a patadas. Cuando me puse otra vez la mochila estaba más pesada, así que tiré esos dos libros de geometría que te molestaban tanto, pero eso no disminuyó el peso en mi espalda. Caminamos un rato por la plaza, vos no me hablabas como ahora que te saco a pasear después de tanto y te encuentro como un corazón de felpa mojado; vos sos de esos corazones rencorosos que un buen día les agarra un síncope, pero acordáte que de regreso encontramos a Leticia en el cordón de la vereda, con los ojos llenos de lágrimas. Al mirarla solo podía pensar en el daño que me había hecho, por eso le pregunté dónde tenía el corazón. Cuando me dijo que lo guardaba en su casa de muñecas; sentí como un gran fuego en mi espalda y nos fuimos camino a casa con la mochila en llamas, vos estabas ardiendo.





Oxymoron



“Un reloj de arena destruido hacia los ojos,
vertía entonces el tiempo que nunca tuve,
en el furtivo oasis de una lágrima
que estuvo en la cima del mundo
apunto de caer” (autobiográfico)


Incurriendo en la web, quizá con el propósito de desvelar un poco más tanto candelabro del insomnio, di con el luminoso páramo de una página, en la que se anunciaba una serie de libros virtuales escritos por una computadora. Dos de ellos inclusive, portaban la ostentosa categoría de libros de versos libres, como si eso fuera posible o acaso sugerible. El nombre del chip-poeta, era Oxymoron, figuraba como un autor desnacionalizado y por lo tanto su estirpe y compromiso bélico habían sido abolidos en alguna reprogramación. De las tres portadas publicitadas, la que motivó mi curiosidad fue la primera. Rezaba encuadrado en la pantalla, el título: “El poeta sin alma” (versos libres). De la metafísica intrínseca, se desgajaba un color naranja en el monitor, los escritos primeros daban con la comunicación de espejos, Oxymoron dispuso un mecanismo de reflejos, una metáfora era liberada como una proyección hacia un cuerpo opaco por la fibra óptica, entonces el perro imaginado por el poeta virtual conmemoraba toda una sala de caricias, repetidas, superpuestas, enfrentadas como espejos.
Dada la eventual inexperiencia que estos programas suelen tener, en materia de “materia”, fue razonable concebir la idea de que el autor se sustrajo de todo un mundo de información en la red, para elaborar una propia representación del tacto. A un extremo de la imagen, donde culminaba el más extenso de los poemas y último del libro virtual, la firma de la compañía, instaba a la aparición de una nueva versión mejorada, a la cual incorporarían una suerte de disparador automático de versos, que reaccionaría ante cualquier frase que instale el usuario, elaborando un concepto poético instantáneo, una frase a determinado estímulo eléctrico en Oxymoron. En el segundo libro (el concerniente a la nueva aplicación), llamado “Prisionero” (versos libres), el poeta artificial acomoda palabras en función a una estética predeterminada. He comprobado que el programa va transcribiendo señales neuróticas, dadas las exigencias que ubicamos en las frases, aunque esto no hace peligrar en ningún punto, la coherencia ante la complejidad del epígrafe. El próximo y último libro del poeta Oxymoron se llamó “El reloj de arena” al cual implementaron una cierta vida útil, lo que obligó a bajar el costo del producto para la compañía. El libro en cuestión estaba sujeto a una serie de reformas alternativas por los cambios de ánimo del poeta virtual, en quien incrementaron sensibilidad en gran medida; y de quien podría esperarse, hasta el recurrente acto de quitarse la vida. No obstante la nota aclaratoria de la firma, garantizaba el desempeño del poeta virtual durante el tiempo que dure el reloj de arena, que corría en la parte inferior de la pantalla, si el poeta se nublaba con anterioridad podría ser cambiado o devolvían el importe efectuado.




PROFUNDIDAD DEL OBJETO


“Pobre chico, chico pobre”


No era de extrañarse que de la fotografía del caballo número siete, pasara a la del perdedor de la platea; ese día mi espíritu fue ancho y pude atravesar su puerta. Ni siquiera me importaba el hecho –relevante- de que la alquimia del cuarto oscuro haya sido extinguida por la era digital.
La décima del hipódromo de Palermo había concluido y me interesó más la imagen del tipo arrodillado agarrándose la cabeza; que la del duendecillo laureado recibiendo el premio.
Pasó junto a mí, con los boletos perdedores y un hedor etílico que no puede fotografiar. Lo seguí hasta un lugar cercano a los boxes. Luego vino la fotografía del mismo tipo fajado; derrumbado en la vereda con su ticket apretado en la mano. Antes los cuatro hombres –que tampoco pude fotografiar- y que lo molieron a palos, me habían jurado -y no porque yo descreyera- que si les tomaba una foto, me pasaría lo mismo que al apostador. El hombre ensangrentado se incorporó, por instinto, por obstinación de mula y comenzó a caminar. Lo seguí silenciosamente, varias cuadras; compró vino, quizá para esterilizar las heridas y se fue metiendo en los suburbios. La siguiente fue la foto cuando entra a su tapera de siglo XXI. Atardecía y comenzaban a escucharse dentro de la casilla golpes, roturas, sacudimiento de mamposterías improvisadas; y los gritos de una mujer sobre la cual no pude hacer foco. Sobrevino un silencio tenso y me aproximé al patio; el cual mostraba un perro encadenado a una bomba de agua viejísima. Grisáceo, flaco y casi afgano; siendo el seminario de las moscas no pudo evitar ser fotografiado. Más allá un tendedero de botellas vacías, un triciclo desvencijado, bolitas llenas de barro, más juguetes gastados y rotos: de amor, de odio, de tanto usados. Luego pude ver al chico recostado, contra las chapas de cartón que separaba de la vivienda lindera. Estaba dormido como el “Juanito” de Berni, en una forma tan absoluta y seguramente apresando un sueño, de caricias huérfanas; que -como no era de extrañarse- tampoco es posible fotografiar.

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