martes, 23 de febrero de 2010

Desbrujular

(BIROEMAS MULTIPLES)



Álgebra de las terminaciones


El poeta escribe
con sus manos de escabro luminoso,
en comunión molecular
con las palabras y el silencio,
el café frío por un amor calamitoso,
la poesía como la flebotomía
haciendo un arte del sangrar.
En conspiración al crepúsculo
él se aferra al esqueleto de un poema
como el más desdichado de los hombres
abrazado a los huesos de su amigo.
Sonriendo ante los sentimientos,
con el cigarrillo corrompido por la boca
él se desfigura con las horas
en un anacrónico intento de encontrarse,
imagina montones de cosas, pero otras no,
empieza a ser dolor de la mañana
que se erige como catedral de los sin techo,
mientras cae sobre el poema
un puñado de ausencia,
dejándolo aún más solo
en los suburbios de la carne.
Se acomodará al sillón,
se dará un baño caliente
o tomará el ferry a Montevideo,
tal vez use por última vez el teléfono,
o intente un adinámico acto de escapismo,
haga lo que haga será lo mismo,
cualquier resolución culminará el poema.



Fotografías


Fotografías de ella desnuda
mostrándolo todo, pero no todo.
Ella es mi insomnio de hielo
que me cuenta historias sensibles,
señorita de libros perfumados
y hasta un embarazo no deseado.
Fotografías de ella y de otras
mostrándolo todo, pero no todo,
pero no hay otras.
Fotografías de ella sonriendo
entre el sexo que extinguió a los ángeles,
con sus ojos que me miran
pero no me miran.
Y fotografías de ella dormida
mostrándolo todo, absolutamente todo.




Manifiesto a la locura


Otra década del diez,
otro plato de porotos
artísticamente diseminados
en una mesa pobre,
otro minúsculo feto-cardio,
relato
de la ausencia palpitante,
naditas,
que entre cruzan las manos
encendidas como antorchas,
para iluminar la plegaria
y comenzar la hoguera
estranguladora de palabras.
Gente cuya sensibilidad
de grifería,
lleva a hospedarse en manicomios,
a caminar por retículos de monomanías,
a pintar cuadros,
o a ceder a la horizontalidad de los días
en el lugar placentero de gusanos.
Ah, con el amor agnóstico,
con los que huyen con la mujer del panadero,
con los que se quedan solos,
juntando los antidepresivos
que Hansel y Gretel dejaron en el camino
para volver a casa.
Ah, con los que el pensamiento los piensa,
los evasores de tristezas
que dando movimientos torpes
chocan los ojos por todos lados,
trastabillando lo mismo en una baldosa suelta
que en los carnavalitos del alba.
Sicóticos que le prestan los labios
a una mariposa azul
que le sonríe a la muerte,
nacida de un milagro interrumpido
que volvió a su condición de larva.
Con los que escriben
como si del libro de los testimoniales
arrancara una hoja intangible,
ilegible, intraducible,
y recitara, ¡como si nada!
un manifiesto a la locura.




Autobiográfico



Un reloj de arena destruido hacia los ojos
vertía entonces el tiempo que nunca tuve,
en el furtivo oasis de una lágrima
que estuvo en la cima del mundo apunto de caer.
Y en silencio vi crecer el vientre de una mujer,
y en silencio vi trepar la hiedra a un muro
y emigré con caracoles
hacia el norte de un jardín inacabado,
y pude ser el hombre más tonto de todos los hombres
o el caracol más sabio.
Pude ver en la ilación de las palabras
el pretexto a nuestro baile de mitos.
Fueron encallando los barcos de luz
día tras día en esos glaciares de sangre
¡Que ya no conmueven arlequín sin gracia!
Se derrumbó la noche y el telón de fondo
ya sin amanecer, en legendaria ausencia
proyectó la radiografía de mi historia
y pude ver a trasluz en los huesos del poema
la erosión que dejó el viento olvidado.




Laura


Sobre la piel de una silla antigua
el control remoto mana su aura,
ya sin Laura que lee.
Vallando con lágrimas
el desenlace de una novela
ella sueña con otra vida
en lo profundo de sus manos.
Hace de sus horas lo que puede
con Alplax o Ribotril
o una dulce sonata escandinava
llamada “Ayer”,
Laura enjaula a su tigre y lee,
cae del almanaque en primavera
un tibio recuento de besos
y la flor seca de un recuerdo
que nunca terminó de tirar.
La novela se hace Laura con las horas,
se perfuman las manos que decapitan amapolas,
sus ojos son aspersores de luz sobre páginas
que le revelan en un final translúcido los dedos,
tan tibios del otro lado de un libro
ya sin laura que lee.




Oráculo del sueño


Soy el mendigo que no pide,
un dador de nadas que mendigan,
mecanismo en sencilla evolución
hacia el sueño,
llegando a un lupanar de puerto.
Con la punta de mi dedo que no escribe
toco la noche
que es una orca fría en el ártico
de un cuerpo que no toco.

Un terapeuta anfibio entrará al sueño,
donde la ramera y el suicida
lo recibirán con las botellas
repletas de vino onírico.
Un caballo neurótico le morderá el culo (onírico)
porque en mi sueño
tengo un hermoso caballo neurótico
que saco a pastar por todo el campo
de esporádicas esporas.

Un oráculo onírico devela
los animales postizos
que en la vigilia evaden mi corazón.
Soy el pianista de esta noche triste,
en este burdel de parietales quietos,
donde también se es,
al mismo tiempo,
fiolo, puta y perdedor.




La vertiente de un jardín claudicante



Llevaste sin poseer
una máquina de coser párpados,
estrechamente relacionada con el viento,
y has visto a los almácigos desalmándose,
a las bellotas desembelleciendo,
pudiste ver
y eso si fue cierto
la vertiente de un jardín claudicante.

Viste tu cuerpo temblar constelado por el universo
y precipitarse al frágil esqueleto que te sostiene,
viste una mano sin falleba
aproximarse a las ventanas del miedo,
apuntando un arcabuz a tu alma.
Pudiste ver
y eso si fue cierto
la vertiente de un jardín claudicante.

Es el sobrecalentamiento edénico
que nos trae desastres naturales,
y una maquina relacionada al viento
a los jardines
de coser párpados claudicantes.




Exánime humor negro



Estoy cansado
de la muerte como amante,
de hacer pésimamente
un amor desgastante,
exhausto de besarle la boca
pintada con Merthyolate,
de sentir que finge un frenético espasmo.
Estoy verdaderamente hastiado
de extasiarme entre sus senos
que transpiran como naftalinas frías,
de dilatarla y rehacerla y plegarla y sumirla,
de sorberla y salivarla,
de incubarla íncubo, de poseerla poseso.
Tan extenuado de sentir
como propaga sus orgasmos de electricidad negra,
haciendo de la cama
una verdadera onda expansiva,
cansado de amarla sin condones
hasta que quede desembarazada e infértil,
y que después de chuparle
los huesos como a un pollo
el nuevo día aún me encuentre
vivo y cansado.





Manivelas genéticas



¿Por qué escribes hijo mío?
poniendo esa cara de idiota,
con ese romanticismo insoportable,
con el alma abierta, con el esternón inflado,
¿Por qué, trémulo hijo alucinado me haces esto?
Nada de lo que escribas podrá salvarnos,
querido hijo que andas por los yacimientos de poesía
en el basural de las luces,
a nadie importa la sensibilidad
de un operario de máquinas,
de un sibilino suicida en su carta.
Te enseñare a manejar el viejo Rambler,
iremos a Las Vegas del tiempo,
que rueden los dados de carne al paño verde,
que las prostitutas se nos rían como hienas,
que nos saluden las ancianas de fortunas cluecas
y una mujer ruleta moscovita rompa tu corazón.
Hijo mío que escribes tu Códex Gigas
provisto de mancuernillas infernales,
podría ser irreversible el rubor de las palabras al quemarse,
podrían corromper tus poemas
con carcajadas equívocas, con burlas,
con difteria, con el sexo estimulado por la materia.
Podrías sentir el estupro, los vómitos,
los eructos, la tecnología y la total indiferencia,
la que te retiene y te desangra como a un río sacrificado.
Microcristo indómito del nanosegundo,
que anidas tu latido vascular, que miras tus manos hablar,
escribiendo en silencio y mejor que nunca.

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